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Mártires

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Por Java Torrente

Cuando escribo esta crónica, el antiguo alcalde de Nueva York y abogado de Trump, pobre,  se debate entre la vida y la muerte en estado crítico en un hospital de aquella ciudad. Ya ha salido el presidente a culpar a los demócratas y demás rojos peligrosos (que en Estados Unidos son azules peligrosos, pues rojo es el color del partido republicano), culpar digo de su mala salud por la mala vida que le dieron. ¿Mala vida? Giuliani era el alcalde de Nueva York cuando los ataques del 11 de septiembre de 2001, y la ciudad entera se posicionó unánime en torno a su alcalde, como no podía ser de otro modo. Disfrutó del apoyo popular unánime de la ciudad durante todo su mandato, a pesar de (o gracias a) haber aplicado mano dura contra el crimen y haber “limpiado” la ciudad de pobres, vagos y maleantes, al más puro estilo fascista que luego serviría de modelo a otros sátrapas locales y a otros sheriffs impertérritos. Se hizo aún más famoso en 2020 cuando representaba los intereses del perdedor de la carrera presidencial ante Joe Biden, y acusaba, sin pruebas, de ingentes delitos electorales. Por ello, en 2023 fue condenado a pagar 148 millones de dólares a dos trabajadoras del sistema electoral. Al final tuvo que declararse en bancarrota.

Todos recordamos a Giuliani con hilillos de tinte de pelo cayendo por sus mejillas en el calor neoyorkino. Ahí sí, la prensa le dio mala vida y todos nos reímos de la imagen, porque era muy graciosa, la verdad. Un abogado de renombre, antiguo alcalde de NYC en dos mandatos y se le cae el Grecian 2000 a chorros compareciendo ante los medios. Nos descojonamos con todo, sin medias tintas ni medios tintes.

Ahora, el pobrecito está que la espicha. A lo mejor ya ha estirado la pata cuando estás leyendo este artículo.

Pero Trump habla de la mala vida que le han dado (se referirá seguramente a los ríos de tinta de cachondeo que provocaron los ríos de tinte del personaje) con una intención torticera. Hacer de él un mártir. Hacer creer que se muere por las acciones de otros y no por su mala salud y porque tiene 81 años. Que otros se lo han cargado. Todo sea apartar la vista de los archivos de Epstein (que prefiere hacer olvidar), quitarle el foco a la guerra inútil y desordenada en Irán (que no sabe ni cómo acabar ni para qué la provocó), evitar que la gente repare en la escasa popularidad del presidente y el el angustioso aumento del coste de la vida.

Hay muchos jóvenes en España que están convencidos que Franco fue “desvivido” (como se dice ahora en un eufemismo idiota) por otros. Franquito murió en la cama, eso sí, agonizando con mucho sufrimiento, gracias a las acciones de salvajismo terapéutico del equipo médico habitual (encabezado por su yerno, nada menos). Murió en la cama, de viejo. Porque tenía 84 años, Párkinson y un cuadro clínico complejo de una persona cuya salud se había deteriorado mucho en los últimos años, pero que no le impidió firmar penas de muerte hasta poco antes de morirse. Asesino hasta la muerte.

Sin embargo, hay quien dice que “dio su vida por España” (dígase esa España con acento muy marcado en la primera A). Un mártir.

Cuando alguien querido en la izquierda muere de muerte natural los mensajes son: “que la tierra te sea leve”, “buen viaje, compañero”, “siempre te recordaremos”, “siempre estarás en nuestros corazones” y otras lindezas panegíricas.

Cuando el muerto es facha y la enfermedad se lo lleva, huy, “nos lo han arrebatado”, “nos lo han matado”, “tu sacrificio no será en vano”, con efluvios de martirio en la cruz en medio de la más execrable crueldad. Así blanqueamos al muerto, y hacemos que siga fastidiando al personal desde el más allá. Rudy, si la has palmado cuando estas líneas se publiquen, te digo “tanta paz lleves como descanso dejas”. Si no, pues me alegro, que morirse es lo último que uno debe hacer.

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