El cierre del Estrecho de Ormuz desata una tormenta perfecta que amenaza la producción de alimentos a nivel planetario
Lo que comenzó como una crisis energética derivada del conflicto en Oriente Próximo se ha convertido en una emergencia alimentaria global. El cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente un tercio de los fertilizantes del mundo, ha provocado la desaparición efectiva del 30% de la producción global de estos insumos esenciales para la agricultura.
La relación es directa y devastadora: la producción de fertilizantes nitrogenados depende críticamente del gas natural, y el 20% de la producción mundial de GNL se ha perdido como consecuencia del bloqueo. Sin gas, no hay fertilizantes. Sin fertilizantes, no hay alimentos. Aproximadamente el 50% de la comida global depende de estos insumos.
El presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA), Álvaro Lario, alertó esta semana ante el Parlamento Europeo de que los precios de los fertilizantes nitrogenados han escalado entre un 30% y un 60% desde el inicio del conflicto. La situación es aún más grave si se consideran las declaraciones del consejero delegado de Yara, una de las mayores productoras mundiales de fertilizantes, Svein Tore Holsether, quien advirtió que la interrupción del suministro está costando hasta 10.000 millones de comidas semanales en todo el mundo.
«No aplicar fertilizante nitrogenado a los cultivos reduciría algunos rendimientos hasta en un 50% en la primera temporada», explicó Holsether a la BBC, subrayando que las regiones más afectadas serán Asia, Sudeste Asiático, África y América Latina.
El 40% de la destrucción de la demanda de gas proviene de plantas de fertilizantes cerradas
El impacto en la industria es brutal. Según datos recogidos por la agencia Anadolu, los productores del Golfo Pérsico representan el 45% del comercio global de urea, el fertilizante nitrogenado más utilizado. Más de la mitad de esta producción ha cesado, y las instalaciones que aún operan no pueden exportar sus productos debido al bloqueo.
Actualmente, 44 buques cargados con fertilizantes permanecen varados en la región, sin poder transitar el estrecho. De ellos, la mitad transporta urea. «Reiniciar las plantas de nitrógeno es muy difícil en este clima. Incluso si la guerra terminara hoy, llevaría mucho tiempo recuperar la capacidad anterior al conflicto», señaló un analista de mercado.
El impacto en la demanda de gas natural es igualmente significativo. Se estima que aproximadamente el 40% de la destrucción de la demanda de gas a nivel global proviene directamente del cierre de plantas de fertilizantes, incapaces de operar sin poder exportar su producción o sin acceso a materias primas.
Una crisis con efecto retardado pero devastador
A diferencia de crisis alimentarias anteriores, el impacto completo de esta emergencia se sentirá con un desfase temporal de entre seis y doce meses, según explicó Lario ante la Comisión de Agricultura del Parlamento Europeo. «Aproximadamente la mitad del aumento en los precios de los fertilizantes se convertirá en una mayor inflación de los precios de los alimentos», advirtió.
Los pequeños agricultores de los países en desarrollo están en la primera línea del desastre. Según el FIDA, «tienen que decidir ahora mismo entre reducir el uso de fertilizantes, abandonar la siembra o endeudarse aún más». Las reservas actuales apenas cubren «tres o cuatro meses».
El mundo se acerca a hambrunas regionales
Aunque los países ricos como Estados Unidos y los de la Unión Europea han implementado paquetes de ayuda -España ha destinado 877 millones de euros para compensar el encarecimiento del gasóleo y los fertilizantes- el ministro de Agricultura, Luis Planas, advirtió que «en los países menos desarrollados se produce hambre y malnutrición».
Cada día que el Estrecho de Ormuz permanece cerrado, el mundo se acerca un paso más a hambrunas regionales de escala desconocida desde la Segunda Guerra Mundial. Con 266 millones de personas que ya sufren inseguridad alimentaria aguda según datos del FIDA, la ventana para evitar una catástrofe humanitaria se cierra a velocidad acelerada.





