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Antonio Ortega: el presidente republicano que el Real Madrid condenó al olvido

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La historia del Real Madrid está llena de glorias, copas y nombres inmortales. Pero también hay un espacio en blanco, un silencio incómodo que el club se ha empeñado en mantener durante más de ocho décadas. Es el lugar que debería ocupar Antonio Ortega Gutiérrez, militar leal a la República, héroe de la defensa de Madrid y presidente del Madrid Football Club entre 1937 y 1939, cuyo único delito fue estar en el bando perdedor de la Guerra Civil.

Ortega no fue un presidente cualquiera. Antes de llegar al palco del estadio de Chamartín, se había convertido en uno de los militares más destacados del ejército republicano. Participó en la defensa de Irún, fue gobernador civil de Guipúzcoa y, en uno de los episodios que mejor definen su talla humana, ordenó la evacuación de las cárceles de San Sebastián ante la inminente llegada de las tropas franquistas, salvando así a más de 600 personas, la mayoría presos de derechas que, de otra forma, habrían sido ejecutados. Su gesta le valió ser comparado con Oskar Schindler, pero su recompensa no fue el reconocimiento, sino el fusilamiento.

La República lo convirtió en un símbolo y el Partido Comunista lo situó al frente del Madrid en plena contienda. La competición estaba paralizada, pero Ortega mantuvo viva la entidad, organizó partidos benéficos, impulsó la creación de la Liga Mediterránea y soñó con un gran estadio para el club, una aspiración que años después materializaría Santiago Bernabéu. En una entrevista en 1938, defendió un deporte alejado de la mercantilización, una idea que contrasta con el negocio multimillonario en el que se ha convertido el fútbol actual.

Sin embargo, la historia oficial del Real Madrid no le guarda ningún espacio. En la lista de presidentes que figura en la web del club, el nombre de Antonio Ortega brilla por su ausencia. La excusa esgrimida es que fue nombrado «a dedo» y que durante su mandato no hubo competición oficial, pero como ha señalado el periodista Julián García Candau, «tampoco votaron a Bernabéu y el contraste es absoluto». La verdadera razón parece ser mucho más política: Ortega era republicano y comunista, y durante la dictadura y la transición se optó por el borrón y cuenta nueva.

Esa decisión condenó a Ortega al olvido, pero también a la muerte. Tras la caída de la República, fue detenido en el puerto de Alicante, sometido a un juicio sumarísimo de apenas cinco días y fusilado la madrugada del 15 de julio de 1939. Horas antes escribió una carta a su familia: «Dentro de unas horas, muy pocas, voy a morir. Muero tranquilo, completamente tranquilo, porque soy inocente». Sus restos descansan aún en una fosa común en el cementerio de Alicante, a la espera de ser exhumados.

Ochenta y seis años después, su bisnieta, Gabriela Echeverría, ha roto el silencio familiar y ha impulsado un documental que rescata su figura. El ruido generado ha logrado que el Ministerio de Memoria Democrática financie la exhumación de sus restos, pero el Real Madrid, bajo la presidencia de Florentino Pérez, sigue sin moverse.

Es difícil no preguntarse si el silencio de la directiva blanca responde a una deliberada estrategia de ocultación o, simplemente, al deseo de no molestar a quienes financian las grandes obras del empresario del ladrillo. Da igual el motivo: el resultado es el mismo. Se ha borrado a un hombre que fue leal a la legalidad republicana y que pagó con su vida su compromiso con la democracia. Mientras el club levanta estadios y acumula trofeos, debería honrar también a quienes, como Ortega, hicieron posible que el Madrid existiera en sus horas más oscuras. No se trata de reescribir la historia, sino de completarla. Porque una institución que olvida a sus presidentes también olvida parte de sí misma.

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