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Consolas «Mini»: el gran timo del postureo retro y los diez minutos de gloria navideña

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Por JGNavarro

Hubo un año en el que las grandes multinacionales del videojuego descubrieron la gallina de los huevos de oro de la nostalgia. Todo empezó cuando a Nintendo se le ocurrió encoger su mítica consola de los 80 y lanzar la NES Mini. Aquello desató una histeria colectiva sin precedentes: la gente hacía colas en las tiendas, se peleaba por las reservas en internet y los especuladores hacían el agosto revendiendo las cajitas al triple de su valor. Luego, como era de esperar, todas las marcas se subieron al carro: tuvimos la Super Nintendo Mini, la Megadrive Mini, la PlayStation Classic y hasta ordenadores enteros encogidos como el Commodore 64 Mini o el Amiga 500 Mini.

Todos picamos en el anzuelo. Nos compramos estas réplicas monísimas convencidos de que íbamos a recuperar las tardes de vicio de nuestra infancia. Pero la cruda realidad es que las consolas mini son el mayor exponente del postureo dactilar moderno y del autoengaño financiero.

Para empezar, si abres una de estas preciosidades y miras lo que hay dentro, se te cae el alma a los pies. No hay ingeniería clásica, no hay chips originales miniaturizados, no hay magia. Lo que te están vendiendo por 80 o 100 euros es una carcasa de plástico inyectado muy bonita que esconde una placa electrónica clónica hiperbarata (una placa base de baratillo similar a una Raspberry Pi) ejecutando un software de emulación genérico. Un programa que, en la mayoría de los casos, emula los juegos bastante peor que tu propio ordenador portátil o el teléfono móvil que llevas en el bolsillo. Estás pagando el precio de un producto premium por hardware de saldo metido en un envoltorio cuqui.

Pero el verdadero drama no es el hardware, sino la desconexión psicológica del usuario. El ciclo de vida de una consola mini en cualquier hogar sigue un patrón matemático idéntico que se repite en todo el planeta:

1. El subidón de Navidad: Abres el regalo el día de Reyes o en Navidad si tienes poca paciencia. Alucinas con lo pequeña que es, se te salta una lagrimita al ver el mando original y la conectas al televisor 4K del salón corriendo.

2. Los diez minutos de gloria: Arrancas el Super Mario, el Sonic o el Tekken. Juegas la primera pantalla, tarareas la música con una sonrisa de oreja a oreja y exclamas: «¡Dios mío, qué recuerdos!».

3. La cruda realidad: Intentas jugar la segunda pantalla y te das cuenta de que los juegos de tu infancia eran endiabladamente difíciles, que ya no tienes los reflejos de los doce años y que el cable del mando es ridículamente corto, obligándote a sentarte en el suelo a medio metro de una pantalla gigantesca que te está abrasando las retinas.

4. El apagón definitivo: Apagas la consola tras quince minutos de juego. Te prometes a ti mismo que el próximo fin de semana le darás caña en serio con tus amigos o con tus hijos. Ese fin de semana nunca llega.

Al final, la consola mini pasa a cumplir su verdadera y única función para la que fue diseñada: convertirse en un objeto de decoración. Pasa a formar parte del paisaje de la estantería del salón o del mueble de la televisión, cogiendo polvo junto a las figuras de Funko Pop y los libros que nadie lee. Es un monumento a una época que añoramos pero a la que, en realidad, no queremos volver porque nos hemos vuelto demasiado cómodos. Compramos el formato físico de un recuerdo para lucirlo ante las visitas, ignorando que lo importante de aquellas tardes de los 90 no era el tamaño de la máquina, sino el tiempo libre y la inocencia que se quedaron atrapados en el siglo pasado.

El muro de la vergüenza: las pifias más cutres de la fiebre «Mini»

Para justificar el precio, uno esperaría que los menús y la emulación de estas cajitas fueran perfectos, pero las multinacionales demostraron una tacañería técnica que rozaba la comedia:

• Los cables «microscópicos» de la NES Mini: Nintendo replicó los mandos originales de los 80 al milímetro, incluyendo la longitud del cable… de apenas 70 centímetros. Para jugar tenías dos opciones: o te comprabas un cable HDMI de cinco metros que cruzaba el salón como una cuerda de tender la ropa, o jugabas pegado a la pantalla de 65 pulgadas destrozándote las córneas como en un tratamiento de radioterapia doméstico.

• El desastre europeo de PlayStation Classic: Sony no se molestó en optimizar los juegos. Metieron en la consola norteamericana y europea versiones de juegos en formato PAL a 50 hercios (el estándar antiguo de las teles de tubo de aquí), provocando que títulos de velocidad como Ridge Racer o de lucha como Tekken 3 funcionaran un 20% más lentos, a tirones y con una música que parecía ralentizada por un DJ de música gótica.

• La gran mentira de los botones decorativos: La Megadrive Mini de primera hornada o el Commodore 64 Mini incluían réplicas exactas de sus carcasas, con sus ranuras de cartuchos, palancas de encendido y botones de reset en miniatura. ¿El chiste? Eran de plástico fijo, puro decorado pegado. Intentabas mover la palanca de la Megadrive con el dedo y estaba más dura que el hormigón armado. Postureo visual en estado puro.

• Los teclados de juguete del C64 y Amiga 500 Mini: Si te comprabas el microordenador clásico mini esperándote el encanto de teclear tus viejos comandos en BASIC, te encontrabas con que el teclado integrado era una sola pieza de plástico rígido inútil. Los botones estaban dibujados. Si querías hacer algo más que arrancar los juegos del menú, tenías que conectarle por detrás un teclado USB moderno de PC, rompiendo toda la estética retro y el misticismo del aparato.

• El «olvido» de los cargadores: En un alarde de ecología corporativa (o tacañería extrema), casi ninguna marca incluía el adaptador de corriente para el enchufe. Te vendían una consola de 80 euros en una caja preciosa pero solo te venía el cable USB. El día de Navidad te tocaba ir por toda la casa desenchufando los cargadores de los móviles de la familia para ver si alguno tenía el amperaje adecuado para arrancar el dichoso cacharro.

Test de diagnóstico: ¿Eres un jugador nostálgico o una víctima del postureo «Mini»?

Responde a estas cinco preguntas y descubre si compraste estas cajitas para jugar o simplemente para que tus visitas vean lo moderno y «retro» que eres.

1. Es el día que te compras (o te regalan) una consola «Mini». ¿Cuánto tiempo pasa desde que la enciendes por primera vez hasta que la apagas definitivamente esa semana?

• A. Varias horas. Me pasé la tarde entera intentando pasarme los niveles más difíciles de mi infancia. (0 puntos)

• B. Una hora aproximadamente. Jugué un par de partidas al juego del erizo o del fontanero para quitarme el gusanillo. (2 puntos)

• C. Quince minutos de reloj. Los tres primeros para ver el menú, los cinco siguientes para tararear la música y los siete restantes para darme cuenta de que el cable del mando es tan corto que tengo que jugar de rodillas frente a la tele. (5 puntos)

2. Si entramos ahora mismo en el salón de tu casa… ¿dónde está físicamente tu consola Mini?

• A. Guardada en su caja original en el armario para que no coja polvo, o conectada a un monitor secundario lista para usar. (0 puntos)

• B. En el cajón del mueble de la televisión, junto a los mandos a distancia que ya no se usan. (2 puntos)

• C. En el lugar más visible de la estantería del salón, colocada estratégicamente a la altura de los ojos al lado de un Funko Pop para que todo el mundo vea lo «gamer» que eres. (5 puntos)

3. Cuando descubriste que la PlayStation Classic emulaba los juegos en formato europeo a 50 hercios (un 20% más lentos y a tirones) en pleno siglo XXI:

• A. No la compré. Investigué antes las especificaciones técnicas y pasé del tema. (0 puntos)

• B. Me dio un poco de rabia, pero jugué de todos modos por el valor de los recuerdos. (2 puntos)

• C. Me enfadé muchísimo en los foros de internet, pero luego me gasté otra pasta en comprar un adaptador USB para meterle un mod y poder cargar los juegos bien… para acabar sin jugar a ninguno. (5 puntos)

4. Seamos sinceros… ¿cuántos juegos de los 20 o 30 que venían preinstalados en la memoria de la consola has llegado a completar enteros?

• A. Al menos tres o cuatro. Me propuse terminarlos y lo hice. (0 puntos)

• B. Uno, y usando el truco de «guardar partida en cualquier momento» porque si no era imposible. (2 puntos)

• C. Absolutamente ninguno. He arrancado diez o doce juegos diferentes durante dos minutos cada uno solo para ver la pantalla de inicio y recordar los sonidos. (5 puntos)

5. Tu consola Mini favorita anuncia una «Segunda Edición» con otra carcasa diferente y juegos distintos. Tu reacción es:

• A. Pasar olímpicamente. Con la que tengo cogiendo polvo en la estantería ya tengo suficiente. (0 puntos)

• B. Esperar a que baje de precio o la liquiden en las tiendas para ver si vale la pena. (2 puntos)

• C. Entrar en pánico por el miedo a quedarme sin ella, reservarla el primer día en tres tiendas diferentes por si acaso y pagar el sobreprecio de salida encantado de la vida. (5 puntos)

Resultados: ¿Cuál es tu nivel de postureo?

• De 0 a 5 puntos – El Jugador de la Vieja Escuela: A ti no te la dan con queso con un trozo de plástico cuqui. Si compras algo es para exprimirlo, jugar y sudar la camiseta como hacías de niño. Si la emulación es mala o los cables son cortos, la devuelves. Tienes los pies en el suelo y una salud mental dactilar envidiable.

• De 6 a 15 puntos – El Nostálgico Común: Caíste en la trampa de la novedad como casi todo el mundo, pero disfrutas del cacharro de vez en cuando sin volverte loco. Sabes que la compraste por impulso, pero le guardas cariño y de vez en cuando la sacas del cajón cuando viene algún amigo de tu quinta a casa a tomar una cerveza.

• De 16 a 25 puntos – El Rey del Postureo de Estantería: Enhorabuena, eres el cliente perfecto de los departamentos de marketing. Te gastaste 80 euros en una placa clónica barata de emulación solo porque la cajita de plástico es idéntica a la de los noventa pero en miniatura. Te costó la vida reservarla, la encendiste diez minutos la tarde de Navidad y ahora vive de forma perpetua como un jarrón de diseño futurista en tu estantería. No juegas, pero cómo luce en las fotos de Instagram, ¿verdad? ¡Un auténtico esteta del plástico!

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