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Cuando hasta las olas se fabrican

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Por Patricia Bermejo

Hay una imagen difícil de ignorar este verano. Mientras muchos pueblos de España sufren restricciones de agua, se pide a sus vecinos que no llenen piscinas, no rieguen o reduzcan el consumo, en Madrid se construye junto al Metropolitano una piscina de olas de 23.000 m², con unos 30.000 m³ de agua y una playa artificial de 5.500 m².

No se trata simplemente de una piscina. La pregunta es otra: ¿qué modelo de ocio queremos construir en un país donde el agua ya no puede darse por garantizada?

Durante décadas hemos vivido como si abrir el grifo fuese suficiente para que apareciera el agua. La hemos tratado como un recurso infinito, disponible para beber, producir, regar, llenar piscinas o crear nuevas experiencias de ocio. Pero el cambio climático está haciendo evidente que esa época se termina.

Y aquí aparece una contradicción difícil de ignorar. Mientras algunos territorios restringen el uso del agua, nosotros seguimos construyendo nuevas formas de consumirla. No basta con tener mar: fabricamos olas. No basta con tener una playa: construimos una artificial. No basta con tener naturaleza: creamos experiencias para consumirla.

Quizá el problema no sea una piscina de olas. Quizá sea algo más profundo: hemos convertido el ocio en consumo. Una experiencia tiene que diseñarse, construirse, explotarse económicamente y finalmente venderse. Incluso la naturaleza parece necesitar convertirse en infraestructura para que podamos disfrutarla.

Y mientras saturamos ríos, playas y montañas hasta tener que limitar su acceso, seguimos creando espacios artificiales para reproducir aquello que estamos deteriorando. Hay algo profundamente absurdo en ese ciclo.

La cuestión tampoco es prohibir el ocio. Es preguntarnos qué usos del agua consideramos prioritarios cuando deja de sobrar. Porque cuando un recurso es limitado, la sostenibilidad no debería significar únicamente conseguir que una instalación consuma menos. También debería significar preguntarnos si necesitamos seguir construyendo nuevas necesidades de consumo.

Quizá tengamos que recuperar una idea mucho más sencilla de disfrutar: caminar, explorar un bosque, subir una montaña, observar un río, bañarnos cuando el territorio pueda soportarlo. No necesitamos convertir cada rincón de la naturaleza en una experiencia que podamos comprar.

En un país que tendrá que aprender a vivir con menos agua, quizá el verdadero progreso sea aprender a disfrutar más con menos.

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