El debate electoral deja al descubierto una gestión cuestionada mientras el PP esquiva el cuerpo a cuerpo y normaliza su alianza con la extrema derecha
En política hay veces en las que el silencio no es prudencia, sino estrategia. El último debate electoral en Andalucía ha dejado una imagen bastante clara: un presidente que evita el choque directo, una oposición que intenta centrar el foco en la gestión y una extrema derecha que ya no necesita gritar para estar dentro del sistema. Porque el verdadero cambio no está en lo que se dice, sino en lo que se acepta como normal. Juanma Moreno llegó al debate como quien tiene los deberes hechos de cara a las encuestas. Con la tranquilidad del que sabe que parte con ventaja, optó por una puesta en escena casi invisible. Sonrisas, tono bajo, ningún gesto brusco y, sobre todo, ninguna intención de entrar en conflicto directo.
Mientras el resto discutía, él parecía limitarse a dejar pasar el tiempo. Una forma de hacer política que funciona cuando el desgaste no se nota o se consigue tapar. El problema es que, bajo esa calma estudiada, hay un modelo de gestión que la oposición se encargó de poner sobre la mesa. Sanidad tensionada, listas de espera crecientes, problemas graves en programas de detección precoz y un avance evidente de la privatización en servicios públicos básicos. No es ruido político: son datos que afectan directamente a la vida cotidiana de la gente. Las izquierdas, esta vez, entendieron bien el escenario. Sin perderse en sus diferencias, centraron el tiro en lo importante: la gestión de estos años. No era una batalla ideológica abstracta, sino algo mucho más concreto. Cómo se gobierna, para quién se gobierna y quién paga las consecuencias.
El resultado fue un debate más incómodo para el presidente de lo que su actitud dejaba entrever. Y, sin embargo, hay algo aún más relevante que sobrevuela toda la escena. El papel de Vox. No tanto por lo que dijo su candidato, que siguió el guion habitual, sino por la normalización de su presencia. Hace unos años, el debate giraba en torno a si el PP pactaría con la ultraderecha. Hoy, esa pregunta ya no genera sorpresa. En comunidades como Extremadura, Castilla y León o Aragón, ese pacto ya es una realidad. Y Andalucía no es una excepción potencial, sino una pieza más de ese tablero. Lo preocupante no es solo la existencia de esos acuerdos, sino el blanqueamiento constante que los acompaña.
El Partido Popular ha aprendido a convivir con Vox sin hacer demasiado ruido, incorporando parte de su discurso o, directamente, evitando confrontarlo. Lo que antes se consideraba inasumible ahora se presenta como una opción más dentro del juego democrático. Y en ese proceso, se van desplazando los límites de lo aceptable. El debate dejó momentos significativos en ese sentido. Propuestas que rozan la discriminación en el acceso a derechos o servicios públicos fueron planteadas sin rubor. Y, lo que es más grave, sin una respuesta contundente por parte de quien aspira a gobernar en solitario. Porque callar ante ciertos planteamientos también es una forma de posicionarse. Mientras tanto, Moreno sigue mirando al pasado como principal línea de defensa.
La herencia, los gobiernos anteriores, los errores de hace más de una década. Un recurso clásico cuando el presente resulta incómodo. Pero la política no se decide en 2005 ni en 2012. Se decide ahora, con hospitales saturados, alquileres disparados y servicios públicos cada vez más tensionados. La clave de estas elecciones no está tanto en quién gana, sino en qué modelo se consolida. Uno que avanza hacia la privatización silenciosa y la externalización de lo público, o uno que intenta reforzar lo común. Y en ese camino, el PP no está solo. Cuenta con una extrema derecha que ya no necesita romper nada porque el terreno está preparado.
El debate, en definitiva, no resolvió incógnitas, pero sí dejó algo claro. La política andaluza se mueve entre la apariencia de estabilidad y un cambio profundo en la forma de gobernar. Y ese cambio no siempre se anuncia a gritos. A veces llega en voz baja, con una sonrisa y sin levantar la mirada.





