Expertos alertan de que la contaminación acústica afecta a la salud y al aprendizaje mientras la sociedad la normaliza
Hay agresiones que no dejan marca visible, pero que desgastan igual o más que cualquier golpe. El ruido es una de ellas. Está en todas partes, lo asumimos como parte del paisaje y, sin embargo, su impacto sobre la salud lleva décadas documentado. Aun así, sigue siendo uno de los grandes problemas ignorados de las ciudades modernas. Lo explica con claridad el experto en acústica de la Universitat Politècnica de València, Jesús Alba, que insiste en que el ruido no es una molestia menor, sino un contaminante reconocido.
El problema no es tanto su existencia como la falta de conciencia social. Nadie duda de que respirar aire sucio es perjudicial, pero convivir con niveles constantes de ruido parece algo inevitable, casi natural. Y no lo es. El cuerpo, aunque la mente se acostumbre, no deja de reaccionar. El ruido mantiene al organismo en alerta constante, como si hubiera una amenaza permanente. Esa tensión sostenida termina afectando al sistema nervioso, al descanso y, en muchos casos, al comportamiento. Es especialmente grave en los colectivos más vulnerables, donde los efectos no solo se notan, sino que se arrastran. En el caso de los niños, las consecuencias son particularmente preocupantes. Los estudios muestran que crecer en entornos con niveles elevados de ruido dificulta algo tan básico como aprender a leer. La concentración se resiente, el cerebro no descansa igual y el proceso de aprendizaje se ralentiza. No es una cuestión anecdótica: hay centros educativos junto a carreteras, vías de tren o zonas de tráfico intenso donde los niveles son comparables a los de un entorno laboral que exigiría protección auditiva.
La paradoja es evidente. En un trabajo, superar ciertos decibelios obliga a tomar medidas. En un colegio, esos mismos niveles se toleran como si nada. Mientras tanto, se pide a los alumnos que presten atención, que rindan, que se concentren. Como si el entorno no importara. La Organización Mundial de la Salud lleva años estableciendo límites claros. Para dormir, por ejemplo, no se deberían superar los 30 decibelios. A partir de 55 ya se generan molestias importantes, y por encima de 65 la comunicación empieza a complicarse. Sin embargo, en muchas ciudades estos valores se superan con facilidad y de forma constante. El origen del problema no es ningún misterio. El tráfico rodado concentra la mayor parte del ruido urbano. Carreteras saturadas, velocidades elevadas, pavimentos que amplifican el sonido. Y, en muchos casos, una planificación urbana que ha colocado viviendas y colegios en lugares donde el descanso o el estudio deberían ser la prioridad.
Las soluciones existen, pero requieren voluntad política y presión social. Reducir la velocidad en entornos urbanos, desviar el tráfico de zonas sensibles, instalar barreras acústicas o mejorar el aislamiento de edificios son medidas conocidas. También lo es el uso de pavimentos que generan menos ruido. Nada de esto es revolucionario, pero tampoco se aplica con la intensidad necesaria. Parte del problema es que el ruido no tiene un responsable claro a ojos del ciudadano. Si un bar molesta, se puede denunciar. Si una carretera genera un nivel constante de contaminación acústica, la sensación es de impotencia. No hay un interlocutor evidente, no hay una respuesta rápida, y el problema se diluye. Mientras tanto, la exposición continúa. Y con ella, sus efectos acumulativos. Dormimos peor, nos concentramos peor y convivimos con un estrés de fondo que hemos aprendido a normalizar.
Como si formar parte del ruido fuera el precio inevitable de vivir en una ciudad. Pero no lo es. Lo que ocurre es que hemos decidido mirar hacia otro lado. Y en ese gesto, aparentemente inofensivo, estamos dejando que uno de los contaminantes más persistentes siga creciendo sin apenas resistencia.





