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Montoro y el viejo olor del dinero

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La Fiscalía defiende la validez de los correos que apuntan a una trama de favores entre el despacho del exministro y empresas del sector energético. A veces el pasado no huele a naftalina, sino a dinero viejo.

El caso que vuelve a poner en el centro a Cristóbal Montoro, exministro de Hacienda del Partido Popular y padre de algunas de las políticas de austeridad más duras de este siglo, tiene precisamente ese aroma: el de los despachos donde los favores se negocian entre cafés caros y promesas discretas. La Fiscalía Anticorrupción ha pedido mantener como pruebas válidas los correos que originaron la investigación sobre la supuesta trama de corrupción vinculada a Equipo Económico, el bufete fundado por el propio Montoro, rechazando la maniobra de la defensa para anularlos.

Todo comenzó en 2018, casi por casualidad, cuando durante un registro rutinario a la empresa gasista Messer en Tarragona apareció un correo que no hablaba de instalaciones ni de balances, sino de acceso privilegiado al poder. En uno de esos mensajes, un técnico recomendaba pagar a Equipo Económico porque “tienen contacto directo con el ministro de Hacienda”. La frase, tan desnuda y tan española, lo decía todo: la “vía más directa” para resolver un problema empresarial pasaba por un despacho donde se sentaban viejos compañeros del propio ministro. A partir de ese hallazgo, los Mossos d’Esquadra alertaron al juez de lo que olía a algo más que un malentendido administrativo. Según su investigación, la gasista habría contratado al despacho por su proximidad con los círculos del poder central, una posición que, según los agentes, les permitía moverse por los pasillos ministeriales con la naturalidad con la que otros caminan por su casa. En resumen: tráfico de influencias de manual.

La defensa de Montoro y sus socios ha intentado sin éxito desmontar el caso alegando que la prueba principal —esos correos— se obtuvo de manera irregular. Sostienen que los Mossos se extralimitaron en la investigación, que actuaron “sin control judicial” y que lo que siguió fue una “pesca de arrastre” en busca de cualquier indicio incriminatorio. Pero la Fiscalía no traga. Considera que el hallazgo fue legítimo, que el juez actuó conforme a derecho y que, en cualquier caso, la gravedad de lo descubierto justifica plenamente haber tirado del hilo. Y lo que se ha ido desmadejando no es poca cosa. El caso apunta a que, bajo el liderazgo de Montoro, se habrían modificado leyes y normas fiscales para beneficiar a empresas concretas —en especial del sector energético— a cambio de dinero. No hablamos de rumores ni de tertulias de bar: el juzgado de Tarragona mantiene imputados al exministro y a su equipo por delitos que van desde el cohecho y el fraude hasta la corrupción en los negocios y la falsedad documental. El personaje central del asunto no es cualquiera. Montoro fue el rostro amable —y a veces cínico— de los recortes del Gobierno de Rajoy, el hombre que exigía “hacer sacrificios” mientras su propio despacho prosperaba gracias a contactos y puertas giratorias.

Es casi poético que la justicia ahora tenga que analizar si quien recortó en hospitales y becas para cuadrar las cuentas del Estado utilizó su influencia para engordar las de algunos empresarios afines. La defensa intenta vestir de irregularidad procesal lo que cada vez más parece un caso de libro: la élite política y empresarial española funcionando como una familia cerrada donde el mérito se mide en lealtades y no en leyes. No hay nada más previsible que un poder acostumbrado a la impunidad, sorprendido cuando alguien se atreve a levantar la alfombra. Mientras tanto, la Fiscalía mantiene su posición: las pruebas son válidas y el proceso debe seguir. Si se confirma lo que los correos sugieren, no estaríamos solo ante una trama de corrupción, sino ante el retrato más fiel de una época en la que el Estado se gestionaba como una gestoría privada. Y es que, en este país, los ministros de Hacienda parecen tener una habilidad especial para confundir lo público con lo suyo.

Quizá por eso cuesta tanto que la justicia llegue a tiempo. Pero cuando lo hace, como ahora, deja al descubierto lo que muchos sospechaban: que mientras la mayoría contaba céntimos, otros se repartían millones con la bendición de los que decían ser sus salvadores.

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