Por JGNavarro.
Hay un tipo de coleccionista en el mundillo de la informática y el videojuego clásico que es incapaz de disfrutar de las cosas tal y como vinieron al mundo. No pueden. Si cae en sus manos una Game Boy clásica de 1989, una Megadrive o una PlayStation original en un estado estético impecable, su cerebro no ve una joya de la historia tecnológica. Lo que ve es un lienzo en blanco que necesita ser destripado. Es el fenómeno del modder de salón, una corriente de aficionados que sufre una obsesión irrefrenable por abrir las consolas de su infancia para «mejorarlas» a base de soldador, chips de contrabando y pegamento térmico.
La justificación que este tipo de usuarios da en los foros y redes sociales siempre suena muy profesional y científica: «Es que la pantalla original no tiene retroiluminación», «es que la señal de vídeo por antena es una porquería» o «necesito que la consola lea juegos de todas las regiones a 60 hercios». Sobre el papel, sus intenciones son buenas. Quieren adaptar el hardware del siglo pasado a las comodidades del siglo XXI. El problema es cuando la teoría choca frontalmente con la falta de pulso, la prisa y los tutoriales de quince minutos de YouTube.
El taller de uno de estos cirujanos del plástico suele ser un escenario dantesco. Abren una consola que ha sobrevivido intacta a tres mudanzas, dos inundaciones y al trato salvaje de varios niños en los noventa, y proceden a meterle mano. Empiezan cambiando la pantalla original por una moderna de tipo IPS. Luego, se dan cuenta de que la batería vieja no aguanta el tirón del nuevo monitor, así que deciden quitar las ranuras de las pilas para meter una batería de litio recargable mediante un conector USB-C. Para que todo quepa, tienen que limar la carcasa original por dentro con una dremel o cortar plásticos históricos a lo bruto.
Al final de la operación, lo que vuelve a cerrarse ya no es la consola que compraste. Es un Frankenstein tecnológico. Si abres el aparato, en lugar de la limpia y hermosa placa de circuitos diseñada por los ingenieros de Nintendo o SEGA en Japón, te encuentras con un espagueti indescifrable de cables finos de colores, chips pegados con silicona caliente en cualquier hueco libre y soldaduras tan gordas que parecen goterones de estaño caídos del cielo. La consola pesa el doble, cruje cuando la aprietas y, a menudo, la tapa de las pilas ya no encaja porque la batería de litio de AliExpress se ha quedado un milímetro más abombada de la cuenta.
Lo más irónico de esta patología del modding es la paradoja del uso real. Te gastas cien euros en la consola original. Te gastas otros ochenta en la pantalla premium, el chip de sonido mejorado, los condensadores nuevos y los botones de colores personalizados que brillan en la oscuridad. Te pasas tres fines de semana quemándote los dedos con el soldador y respirando humo tóxico, porque, eso sí, usas estaño con plomo. Y todo ¿para qué? Para encender la consola por fin, comprobar con orgullo que arranca el Tetris o el Sonic 1, jugar exactamente cinco minutos para ver lo bonitos que se ven los colores, apagar la máquina y dejarla en la estantería de exposición para el resto de tus días.
Hemos sustituido el placer de jugar por la obsesión de tunear. Nos hemos autoconvencido de que para disfrutar de un juego de hace cuarenta años necesitamos que se vea como si fuera un juego de móvil actual, destruyendo por el camino el encanto original de la experiencia. Modificar una consola por pura necesidad técnica tiene un pase, pero tunearla por postureo digital suele terminar con una reliquia destrozada, una mesa llena de tornillos sobrantes que no sabes dónde iban y la humillación interna de saber que, en el fondo, tu vieja consola funcionaba mucho mejor antes de que decidieras convertirte en el cirujano estrella de tu salón.
Test de diagnóstico: ¿Eres un restaurador respetuoso o un carnicero del modding?
Responde con total sinceridad a estas cinco preguntas y descubre si tus modificaciones de salón son arte puro o un delito contra el patrimonio retro.
1. Te llega a casa un kit de pantalla retroiluminada para tu Game Boy clásica y las instrucciones dicen que tienes que limar un milímetro de plástico de la carcasa original para que encaje. ¿Qué haces?
• A. Devuelvo el kit. Jamás alteraré la estructura física exterior que diseñó Nintendo en 1989. (0 puntos)
• B. Busco una carcasa clónica barata en AliExpress, guardo la original intacta en un cajón y limo la carcasa falsa sin remordimientos. (2 puntos)
• C. Saco la dremel de bricolaje, pongo la broca de desbastar y rebano el plástico original a ojo mientras repito: «No pasa nada, esto por fuera no se ve». (5 puntos)
2. Estás soldando un chip diminuto para liberar una consola y, de repente, se te escapa una gota gigante de estaño que une tres patillas del procesador principal. Tu reacción es:
• A. Entrar en pánico, desenchufar el soldador, retirar la gota con malla desoldadora y rezar tres padres nuestros. (0 puntos)
• C. Intentar retirarla con la punta del soldador caliente a base de empujones, quemando de paso el plástico de un condensador cercano que empieza a oler a rayos. (3 puntos)
• C. Echar un pegote de silicona caliente encima para tapar el desaguisado y cerrar la carcasa rápido cruzando los dedos para que encienda. (5 puntos)
3. Cuando terminas de montar un mod complejísimo con tres placas adicionales, luces LED y salida de vídeo digital, y te dispones a cerrar los tornillos de la consola:
• A. Encajan todos a la perfección en sus roscas originales sin forzar nada. (0 puntos)
• B. Cuesta un poco cerrar la tapa porque los cables nuevos estorban, pero recolocándolos con paciencia todo vuelve a su sitio. (2 puntos)
• C. Me sobran cuatro tornillos pequeños en la mesa, la carcasa cruje como una galleta porque la batería de litio empuja desde dentro y tengo que apretar los tornillos traseros con fuerza de culturista para que cierre el plástico. (5 puntos)
4. Honestamente… ¿cuánto tiempo has pasado jugando a la última consola que modificaste frente al tiempo que pasaste tuneándola?
• A. Pasé dos horas montando el mod y llevo cincuenta horas disfrutando de mis juegos favoritos como nunca. (0 puntos)
• B. Jugué un par de tardes seguidas para comprobar que la pantalla nueva no tenía píxeles muertos y que el color era el correcto. (2 puntos)
• C. Estuve tres fines de semana quemándome las pestañas con el soldador, la encendí diez minutos para hacerle una foto chula para Twitter y luego la puse en la estantería de exposición, donde lleva cogiendo polvo seis meses sin usarse. (5 puntos)
5. Si abrimos ahora mismo una consola modificada por ti y miramos su placa interna, el panorama visual se parece a:
• A. Un trabajo limpio de fábrica, con cables recogidos, soldaduras brillantes y cinta aislante profesional. (0 puntos)
• B. Se nota que es un trabajo casero, pero los cables van por los bordes y las soldaduras aguantan bien. (2 puntos)
• C. El mapa de carreteras de Madrid en hora punta. Un espagueti indescifrable de hilos de colores cruzando la placa, pegotes de estaño mate que parecen chicles y chorretones de silicona termo-fusible para que nada se mueva si la consola se cae. (5 puntos)
Resultados: ¿Qué tipo de cirujano del plástico eres?
• De 0 a 5 puntos – El Purista de Museo: Para ti, el hardware clásico es sagrado. Prefieres jugar con la pantalla oscura original y dejarte la vista antes que alterar un solo milímetro de la historia del videojuego. Tu colección está a salvo de desastres, aunque a veces sufras para ver los gráficos por falta de luz en el salón.
• De 6 a 15 puntos – El Modder Sensato: Sabes dónde están tus límites con el soldador. Te gusta mejorar tus consolas para usarlas y disfrutarlas en el siglo XXI, pero respetas el material original y buscas soluciones que no destruyan la máquina. Eres el equilibrio perfecto de la escena retro.
• De 16 a 25 puntos – El Doctor Frankenstein del Silicio: Enhorabuena, eres un peligro público con un soldador en la mano. Las consolas tiemblan cuando entran por la puerta de tu casa. Te da igual cortar carcasas históricas, empacharlas de silicona caliente o dejar cables colgando con tal de presumir de que tu Game Boy tiene una pantalla que brilla más que el sol. Tienes una estantería llena de monstruos tecnológicos modificados que nunca usas, pero disfrutas más destripándolos que jugando. ¡Un auténtico carnicero de salón!





