Por B. Rojas
Cuando el fuego arrasó los montes de La Mierla, de Almería, de Madrid, de Ávila, de Toledo… hubo personas animalistas que no pudieron quedarse mirando. Personas que, sin más bandera que el amor por los animales, decidieron implicarse, tenderse la mano y unir sus fuerzas para ayudar a quienes más lo necesitaban.
Personas que regalaron su tiempo, sus manos, su esfuerzo y sus propios recursos para ayudar a quienes habían sobrevivido a las llamas. Aves, corzos, jabalíes, conejos… vidas inocentes que necesitaban agua, alimento y una oportunidad para seguir adelante.
Y allí estuvimos. Cada cual desde sus posibilidades, sin esperar nada a cambio, unidos por algo que no necesita explicaciones: sentir que la vida de los demás también nos importa.
Porque ser animalista es precisamente eso: no mirar hacia otro lado cuando otros seres sufren. Es convertir la empatía en acción, la impotencia en ayuda y el dolor en compromiso.
En el camino no solo hemos intentado aliviar el sufrimiento de los animales. También hemos creado algo hermoso entre nosotros: compañerismo, confianza y una solidaridad que ha cruzado provincias y distancias.
Pero hay algo que no podemos olvidar: la voluntad y la solidaridad ciudadana son imprescindibles, pero no pueden sustituir la responsabilidad de quienes tienen los medios y la obligación de actuar.
No puede recaer sobre personas voluntarias, que entregan su tiempo, su esfuerzo y hasta su propio dinero, la tarea de atender a los animales que sobreviven a una catástrofe. Para ello hacen falta recursos, planificación, coordinación e implicación real de las administraciones. Porque dinero hay, pero es necesario que se destine a lo verdaderamente importante y se utilice correctamente, también para proteger a los animales y recuperar la vida que el fuego destruye.
La solidaridad ciudadana demuestra lo que somos capaces de hacer cuando nos unimos. Pero no debería ser la respuesta que cubra la falta de prevención, de medios o de actuación institucional. Cuidar de la naturaleza y de los animales no puede depender únicamente de que haya personas dispuestas a sacrificar su tiempo y sus recursos para hacer lo que otros deberían garantizar.
Ahora, mientras la tierra comienza a reverdecer, seguimos deseando que la vida recupere su lugar. Que vuelvan el agua limpia, los sonidos del monte y la libertad de quienes lo habitan.
Ojalá llegue el día en que ya no haga falta organizarse para reparar tanto dolor. Hasta entonces, seguiremos haciendo lo que esté en nuestras manos, porque ellos siguen necesitando que estemos ahí.
El animalismo no se queda en las palabras: se demuestra estando presentes, especialmente cuando nadie mira y cuando quienes nos necesitan no pueden pedirnos ayuda.
Gracias a todas las personas que habéis formado parte de esta red de vida y esperanza. Gracias por cada esfuerzo, cada aportación y cada gesto de amor. Por los animales, por la tierra y por todo lo que hemos construido juntos.
Mientras la tierra vuelve a respirar, seguimos creyendo en la fuerza de la empatía, en la solidaridad y en la responsabilidad de proteger toda vida.





