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Lula da Silva vence al fascismo en Brasil: una victoria histórica para la democracia

Luiz Inácio Lula da Silva ha ganado. El líder del Partido de los Trabajadores (PT) se impuso en la segunda vuelta electoral de Brasil, derrotando al presidente Jair Bolsonaro en unos comicios que trascendieron lo meramente electoral para convertirse en un plebiscito entre la democracia y el fascismo.

La victoria de Lula representa un triunfo histórico no solo para la izquierda brasileña, sino para todos aquellos que han resistido durante cuatro años de retroceso, odio y ataques sistemáticos a las instituciones. El pueblo brasileño ha dicho basta. Con su voto, millones de ciudadanos han rechazado el proyecto autoritario, racista, homófobo y destructor del medio ambiente que encarnaba Bolsonaro.

Sin embargo, el fascismo no acepta los resultados. Como ya hiciera su padre en el pasado, Jair Bolsonaro remueve ahora el fantasma de un golpe de Estado. Sus seguidores más radicales, alentados por el propio lider, han comenzado a sembrar dudas sobre la legitimidad del proceso electoral, a bloquear carreteras y a exigir una intervención militar que desconozca la voluntad popular. Un escenario golpista que, sin duda, contaría con la ayuda y el apoyo de Estados Unidos, cuyo gobierno ha mantenido históricamente una complicidad vergonzosa con los intentos desestabilizadores en América Latina.

La jornada electoral estuvo marcada por episodios de sabotaje. En varias ciudades se denunció un intento de boicot a las votaciones: conductores de autobuses de transporte público no salieron de las cocheras, impidiendo la movilización de miles de votantes, en su mayoría de las periferias, donde el apoyo a Lula es mayoritario. Se trata de una maniobra orquestada por alcaldes bolsonaristas que, desesperados ante la debacle, intentaron impedir por la fuerza lo que no pudieron detener en las urnas. Ante esta situación, las autoridades electorales permitieron alargar las votaciones en algunos colegios para garantizar que todos los ciudadanos pudieran ejercer su derecho al voto.

Pese a los obstáculos, el pueblo brasileño se impuso. Lula ha ganado. Brasil ha ganado. El fascismo ha sido derrotado en las urnas, y ahora la tarea es defender ese resultado frente a quienes, desde el poder o desde la complicidad internacional, pretenden desconocerlo.

La victoria de Lula es un faro de esperanza para toda la región. Es la prueba de que la organización popular, la resistencia y la unidad pueden derrotar al autoritarismo. Pero también es una advertencia: el fascismo no se ha ido. Sigue ahí, agazapado, esperando su oportunidad. Y la única manera de detenerlo es con la misma fuerza que hoy lo ha derrotado: la movilización del pueblo y la defensa inquebrantable de la democracia.

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