Por B. rojas
Ayuso recibe con los brazos abiertos a Milei, que viene a España a insultar a periodistas y atacar al presidente del Gobierno. Abascal lo felicita por ello y ambos celebran «patear zurdos», como si humillar a quien piensa diferente fuera una hazaña. Y Almeida, para rematar, compara un beso entre Begoña Gómez y su marido con el abrazo entre Milei y Ayuso. ¿De verdad este es el nivel del debate político? ¿Esta es vuestra idea del respeto y la democracia?
Y luego está Pablo Hasél, encarcelado por condenas que incluyen delitos relacionados con sus canciones y publicaciones.
Los casos jurídicos no son idénticos, pero la contradicción resulta inevitable: ¿por qué se exige contundencia con unos y se aplauden los excesos de otros? ¿Por qué la libertad de expresión es sagrada cuando beneficia a los propios y deja de serlo cuando incomoda?
También hay que exigir responsabilidades a Grande-Marlaska por las actuaciones policiales y reclamar que cualquier abuso contra ciudadanos desarmados se investigue. Los derechos fundamentales no deberían depender del color político de quien los vulnera.
Ese es el problema de fondo: os llenáis la boca hablando de patriotismo, pero aplaudís a quien viene de fuera a insultar a nuestros representantes y despreciar nuestras instituciones. Habláis de respeto mientras celebráis la humillación del adversario. Habláis de libertad mientras la defendéis de forma selectiva.
Y Ayuso, como presidenta de Madrid, debería explicar qué clase de valores está respaldando.
Porque defender España no es llevar una bandera ni felicitarse por «patear zurdos». Es respetar las instituciones, la prensa y los derechos de todos, también de quienes piensan diferente.
Si vuestros principios cambian según quién insulta, quién gobierna o quién recibe los aplausos, no es patriotismo: es sectarismo. Y celebrar la humillación ajena como una victoria política es, sencillamente, una miseria moral.





