La ola demócrata que ha barrido Estados Unidos en las elecciones de medio mandato no solo ha puesto fin al control republicano de las dos cámaras del Congreso, sino que ha dejado al descubierto la profunda crisis política que atraviesa Donald Trump. Con proyecciones que otorgan a los demócratas una mayoría sólida en la Cámara de Representantes y una ventaja significativa en el Senado, el presidente ha optado por una explicación que evita cualquier autocrítica: su nombre no estaba en las papeletas.
Los datos, aún pendientes de confirmación oficial pero considerados casi definitivos por las principales cadenas estadounidenses, sitúan a los demócratas en torno a los 227 escaños en la Cámara Baja frente a 142 de los republicanos, y en 53 asientos del Senado por 43 de los conservadores. Se trata de una derrota de dimensiones históricas que, según los analistas, refleja un rechazo mayoritario a la gestión presidencial.
Lejos de asumir responsabilidad alguna, Trump escribió en su red social Truth Social: «Yo no estaba en la papeleta y, si lo hubiera estado, ¡habríamos ganado por una victoria aplastante!». Esta afirmación contrasta con su propia estrategia de campaña, en la que durante semanas pidió a los votantes que acudieran a las urnas como si su nombre figurara en ellas, convirtiendo los comicios en un plebiscito sobre su figura.
En una entrevista con The New York Times, el mandatario aseguró estar «absolutamente dispuesto a aceptar» los resultados y se mostró abierto a «trabajar con los demócratas». Sin embargo, su propio equipo en la Casa Blanca insistió en la misma línea exculpatoria, atribuyendo el descalabro a que «los votantes de Trump acuden a las urnas cuando él sí aparece en la papeleta».
El revés electoral tiene causas que van más allá de la aritmética. La política económica interna, marcada por el encarecimiento del costo de vida y el descontento por los precios de la gasolina —que el propio Trump admitió en su entrevista—, ha erosionado su base de apoyo. A ello se suman las consecuencias de su política exterior, en particular el conflicto con Irán, que el presidente calificó como una «decisión muy sabia» a pesar de que, según admitió, los votantes «no estaban contentos con el precio del petróleo».
El rechazo se extiende también a sus políticas migratorias y de orden público. La posibilidad de que agentes del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) se desplegaran en colegios electorales generó alarma entre funcionarios locales y organizaciones prodémocráticas, que lo calificaron como tácticas de intimidación. Aunque el Departamento de Seguridad Nacional negó planes de despliegue masivo, el solo debate puso de relieve la profunda desconfianza que genera el uso de la maquinaria federal con fines políticos.
Con el Congreso en manos de la oposición, Trump enfrenta ahora los dos últimos años de su mandato con un poder legislativo bloqueado y la perspectiva de investigaciones parlamentarias. Su capacidad de nominación judicial y su agenda legislativa quedan severamente limitadas. La megalomanía que le impide reconocer su propio rechazo parece, paradójicamente, el único diagnóstico que el presidente no está dispuesto a considerar.





