Por B. Rojas
La democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo; implica participación activa, responsabilidad compartida y un compromiso real con el interés general. Eso incluye, por supuesto, al gobierno, pero también a la oposición. Una oposición sana no está para dinamitar, sino para fiscalizar, proponer, negociar y, cuando es necesario, llegar a acuerdos que beneficien al conjunto de la sociedad. Sin embargo, da la sensación de que en este país se ha instalado una dinámica profundamente tóxica: la oposición no actúa como contrapeso constructivo, sino como un agente de desgaste constante. Se apuesta por la estrategia del “cuanto peor, mejor”, bloqueando iniciativas, exagerando errores y alimentando una narrativa de caos permanente.
Criticar al gobierno es legítimo y necesario, pero hacerlo sin aportar alternativas ni asumir ninguna responsabilidad política vacía de contenido la propia democracia. Y ahí está uno de los grandes problemas: se exige al gobierno que haga más —y probablemente deba hacerlo—, pero quienes deberían ejercer una labor propositiva desde la oposición se limitan, en muchos casos, a no hacer absolutamente nada útil. Ni propuestas sólidas, ni voluntad de acuerdo, ni altura de miras. Solo confrontación.
Lo verdaderamente preocupante es que esta forma de hacer política no es anecdótica, sino estructural. Y, mientras tanto, quienes hoy no construyen nada podrían mañana ocupar el gobierno. La pregunta es inevitable: si no han demostrado capacidad de contribuir desde la oposición, ¿qué se puede esperar cuando tengan la responsabilidad de gobernar? Una democracia se debilita no solo por los errores del gobierno, sino también por la irresponsabilidad de la oposición.
Cuando una de las partes renuncia a su papel, el sistema entero se resiente. Y lo que está en juego no es una legislatura concreta, sino la calidad democrática de todo un país.





