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Limpiar los montes no está prohibido: la ley lo exige, y la ganadería extensiva es clave para prevenir incendios

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Por B. Rojas

Cada verano, con la devastación que provocan los incendios forestales, reaparece un mantra que se ha convertido en bulo recurrente: “no nos dejan limpiar los montes”. Este discurso, que circula en redes y a veces incluso en boca de responsables públicos, no solo es falso, sino que enmascara la raíz del problema: la falta de gestión forestal efectiva y la desaparición de actividades tradicionales como la ganadería extensiva, que durante siglos han mantenido nuestros ecosistemas en equilibrio.

La ley obliga a limpiar los montes Lejos de prohibirlo, la Ley de Montes (Ley 43/2003 y su modificación de 2006) establece la obligación legal de realizar tratamientos selvícolas preventivos: podas, clareos, desbroces y eliminación de material vegetal combustible. El artículo 48 es claro: los titulares de terrenos forestales deben ejecutar estos trabajos en coordinación con los planes de prevención autonómicos.

Los expertos recuerdan que culpar a la normativa de la proliferación de incendios es un argumento engañoso. No hay ninguna disposición que impida limpiar los montes. Al contrario, la legislación española y europea insisten en la gestión activa del territorio como herramienta imprescindible contra el fuego. El verdadero problema no es la ley, sino la falta de medios, planificación y voluntad política para aplicar esas medidas de manera sistemática.

El vacío que dejó la ganadería extensiva

Otro factor clave en esta ecuación es la pérdida de la ganadería extensiva. Durante siglos, el pastoreo tradicional mantuvo despejados los montes y campos, reduciendo la biomasa seca que hoy actúa como pólvora en plena ola de calor. Rumiantes y équidos transformaban el exceso de vegetación en alimento, generando a la vez fertilidad y diversidad en el ecosistema.

La ganadería extensiva no solo produce alimentos de calidad, también presta servicios ecosistémicos fundamentales: Reduce el riesgo de incendios al consumir vegetación combustible. Conserva la biodiversidad y los paisajes en mosaico, esenciales para la fauna silvestre. Favorece la captura de carbono y la resiliencia frente al cambio climático. Dinamiza el medio rural, fijando población y manteniendo oficios tradicionales. No es casualidad que en territorios donde se han recuperado proyectos de rebaños municipales, como en el Valle de Arán, se haya logrado limpiar montes de forma sostenible, con menos coste y mayor efectividad que mediante maquinaria pesada o quemas controladas. La propia Xunta de Galicia y otras comunidades han empezado a impulsar planes de fomento del pastoreo como parte de sus estrategias de prevención.

Recuperar lo que nunca debió perderse

La evidencia es clara: limpiar los montes no solo es legal, sino obligatorio, y la ganadería extensiva es una aliada imprescindible. El abandono del campo, la pérdida de pastores y la falta de inversión pública en gestión forestal explican mejor que ninguna ley por qué nuestros montes son hoy auténticas bombas de relojería.

El BULO de «no se puede limpiar el monte” por culpa de la legislación ambiental o de la Agenda 2030. Limpiar los montes y recuperar la ganadería extensiva: claves olvidadas contra los incendios En cada verano se repite la misma escena: grandes incendios forestales que arrasan con miles de hectáreas, se cobran la vida de animales salvajes y domésticos y ponen en jaque a poblaciones enteras. Junto al humo se extiende también un discurso recurrente: que “no se puede limpiar el monte” por culpa de la legislación ambiental o de la Agenda 2030. Pero, ¿es cierto? La respuesta es clara: es un bulo. La Ley de Montes (43/2003 y sus modificaciones posteriores) establece expresamente la obligación de limpiar y gestionar los bosques como herramienta de prevención. Podas, desbroces, clareos y otros tratamientos selvícolas forman parte de los planes que las comunidades autónomas deben aprobar y ejecutar. De hecho, no limpiar el monte supone incumplir la ley. Culpar a una supuesta prohibición de “limpieza” de la proliferación de incendios es un argumento interesado que desvía la atención del verdadero problema: la falta de gestión forestal efectiva y continuada. Ganadería extensiva: aliada de los ecosistemas A este vacío de gestión se suma otro fenómeno: la pérdida de la ganadería extensiva.

El pastoreo tradicional, con rebaños que recorren montes y dehesas, no solo producía alimentos, también mantenía a raya la vegetación seca y reducía así la carga de combustible que hoy alimenta incendios cada vez más virulentos. Veterinarios, ecologistas y especialistas forestales coinciden: más ganado extensivo equivale a menos incendios. Además, el pastoreo protege la biodiversidad, mantiene paisajes en mosaico, favorece la fertilidad de los suelos y contribuye a fijar población en la llamada España vaciada.

Ejemplos como los rebaños municipales de Vilamòs, en el Valle de Arán, demuestran que la recuperación de esta práctica ancestral es posible y eficaz. Allí, ovejas y cabras gestionan lo que de otra forma sería un monte abandonado y convertido en polvorín. Los animales silvestres, grandes olvidados Pero no solo el ganado. Los animales salvajes que habitan en los montes —desde corzos y jabalíes hasta rapaces y lobos— forman parte esencial del equilibrio ecológico. Cada incendio arrasa también con sus poblaciones, reduciendo sus territorios y cortando las cadenas tróficas. El caso del lobo es paradigmático: especie clave en la regulación de herbívoros y en la salud de los ecosistemas, ve cómo sus poblaciones se reducen no solo por los incendios, sino también por la presión cinegética posterior. Tras un fuego, cuando los animales salvajes quedan acorralados y vulnerables, la presencia de cazadores agrava todavía más su situación. Un monte vivo necesita lobos, necesita ciervos, necesita aves y pequeños mamíferos. Sin ellos, el ecosistema queda incompleto y desequilibrado. Una política forestal incompleta Los expertos llevan años advirtiendo: centrarse únicamente en apagar incendios es una estrategia perdedora. Se invierte en medios aéreos y en operativos de emergencia, pero se desatienden las labores previas de limpieza, prevención y recuperación de ecosistemas.

La gestión forestal no es solo cuestión de cortar ramas o abrir cortafuegos: es recuperar la actividad humana ligada al monte, la ganadería extensiva, y proteger la fauna que en él habita. Sin esas piezas, el bosque queda abandonado a su suerte. No es cierto que la ley prohíba limpiar el monte: lo exige. Tampoco es cierto que la ganadería extensiva sea cosa del pasado: es una herramienta imprescindible para el futuro. Y no es cierto que podamos hablar de bosques saludables si olvidamos a quienes los habitan: los animales silvestres, incluidos los lobos, víctimas invisibles de cada incendio y de la caza que los persigue después.

Si queremos montes vivos y seguros, hay que dejar atrás bulos y apostar de una vez por políticas integrales: gestión forestal real, apoyo decidido a la ganadería extensiva y respeto absoluto a la fauna que da sentido a los ecosistemas.

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