Por B. Rojas
Es cierto: muchas personas tratamos a nuestros animales como a nuestros hijos. Y muchas, directamente, los consideramos nuestros hijos. Y están en todo su derecho. Porque la palabra hijo no implica haberlo parido. Si así fuera, ningún hombre podría ser padre. Tampoco implica compartir ADN. Un hijo puede ser adoptado. Y la propia RAE contempla precisamente ese uso: considerar hijo a quien ha sido adoptado. ¿Y qué pasa entonces cuando alguien dice «mi hijo» refiriéndose a su perro, a su gato o a cualquier otro animal con el que comparte su vida? Que sigue siendo un animal. Decir «mi hijo» no cambia su especie. No lo convierte en humano. No borra sus necesidades ni su naturaleza. Y, desde luego, dormir con él en la cama tampoco es «humanizarlo».
Es simplemente convivir. Humanizar sería atribuirle necesidades o comportamientos humanos que no tiene. Quererlo, cuidarlo, protegerlo, alimentarlo adecuadamente, llevarlo al veterinario, dejarle formar parte de la familia o llamarlo hijo no tiene absolutamente nada que ver con eso. Además, conviene recordar algo bastante básico: muchos animales no viven en una casa porque hayan elegido la calle. Viven en la calle porque han sido abandonados o porque han nacido allí. La diferencia no está en que nosotros decidamos cómo llamarlos, sino en cómo los tratamos. Y sí: habrá casos extremos, como los hay en absolutamente todo. Habrá personas que hagan cosas absurdas con sus animales. Pero convertir esas excepciones en argumento para cuestionar a quienes consideran a sus animales parte de su familia es bastante pobre.
Porque, al final, cada cual organiza su vida como considera. Y cuando tienes un animal en casa, lo normal es que compartas con él lo cotidiano: el espacio, los cuidados, la comida, los paseos, el sofá, las preocupaciones y también las alegrías. Si preparo una ensalada para mi hija, preparo una ensalada para mí. Y si preparo algo adecuado para mi animal, no estoy diciendo que sea humano. Estoy diciendo que forma parte de mi vida y que su bienestar me importa.
Son animales. Por supuesto que lo son. Y precisamente porque son animales, porque sienten, porque tienen necesidades propias y porque dependen muchas veces de nosotros, merecen ser tratados con respeto. Llamarlos hijos no les quita lo que son. Lo que realmente importa no es cómo los llamamos. Es cómo los tratamos.





