Por B. Rojas.
Que soy animalista, supongo que a estas alturas es bastante obvio. Y que además soy activista también os lo he ido dejando claro. Os lo digo ya para que sepáis desde dónde hablo. Y os voy a contar algo: el mundo animalista es complicado. Mucho. No penséis que aquí estamos todos unidos, remando en la misma dirección y dándonos abrazos todo el día. No. También hay malos rollos, divisiones, egos, enfrentamientos y pequeñas diferencias que, en ocasiones, terminan siendo más importantes que aquello que nos debería unir. De hecho, a veces pienso que el movimiento animalista se parece bastante a la izquierda: tenemos tantos matices, tantas diferencias y tantas discusiones internas que acabamos separándonos entre nosotros mientras aquello que queremos cambiar sigue exactamente igual. Y eso es un problema. Porque defender a los animales necesita tiempo, necesita trabajo, necesita activismo y, muchas veces, necesita dinero. Y precisamente el dinero es lo que menos tiene buena parte de quienes están en primera línea. Pensad especialmente en las personas que gestionan colonias felinas.
La Ley 7/2023 no deja esto en el terreno de la buena voluntad. Atribuye a las entidades locales la gestión de los gatos comunitarios y establece programas que incluyen, entre otras cosas, esterilización, identificación, atención sanitaria, formación, protocolos y mecanismos de colaboración con las personas cuidadoras. Pero una cosa es que exista una ley y otra que se cumpla. Y ahí tenemos un problema enorme.
Hace poco tuvimos una manifestación en Madrid para exigir precisamente que se cumpla esa ley. Más de dos mil personas, según la cifra que se dio desde la organización policial. Y, sin embargo, la mayoría de los medios prácticamente la ignoraron. No salimos en la televisión. No fuimos noticia. Y parece que, si no sales en televisión, no existes. Pero existimos. Y estábamos allí. Porque mientras algunos ayuntamientos encuentran tiempo y dinero para organizar fiestas, contratar espectáculos taurinos y llenar programas festivos, hay personas que llevan años haciéndose cargo de animales que deberían estar dentro de la responsabilidad de las administraciones. Y aquí quiero detenerme especialmente en las mujeres. Porque buena parte de quienes gestionan colonias son mujeres.
Mujeres que muchas veces viven con pensiones muy ajustadas, que ponen dinero de su bolsillo, que pagan veterinarios, compran pienso, buscan tratamientos, rescatan animales y se levantan cada día para hacer un trabajo que no les corresponde asumir en solitario. Mujeres que, además, tienen que aguantar insultos, desprecio, amenazas y conflictos vecinales. Y que en ocasiones tienen que ver cómo sus animales aparecen envenenados, atropellados o muertos mientras quienes deberían gestionar esa realidad miran hacia otro lado. Y eso también es una cuestión de justicia social. Porque no podemos convertir la precariedad de unas ciudadanas en el presupuesto gratuito de las administraciones. Y también tenemos que hablar de otra realidad incómoda: hay mucha gente que intenta lucrarse con los animales.
Personas que convierten el sufrimiento, la preocupación y la necesidad de quienes los defienden en una oportunidad de negocio o de protagonismo. Incluso después de la manifestación del día 6 ya hay algún abogado creando su propio corralito, intentando apropiarse de una causa que debería ser de todos y todas. No se trata de señalar a quien trabaja honestamente ni de negar que haya profesionales que puedan prestar servicios necesarios. Se trata de estar atentos para que la defensa de los animales no se convierta en un negocio particular, en una plataforma personal o en una forma de acumular poder mientras quienes están en primera línea siguen pagando de su bolsillo y sosteniendo el movimiento con su tiempo. Y aquí llegamos a otra cuestión que me parece fundamental: la política.
Hay muy pocos políticos que tengan realmente a los animales entre sus prioridades. Hay pocos programas electorales donde el bienestar animal ocupe el espacio que debería ocupar. Y también hay mucho desconocimiento. Incluso dentro del propio movimiento animalista. Porque ser animalista no significa automáticamente entender cómo funcionan las leyes, las administraciones, los presupuestos municipales o la política. Y tenemos que ser capaces de reconocerlo.
También tenemos que entender algo muy sencillo: los cambios legislativos y administrativos no se consiguen únicamente poniendo denuncias, haciendo publicaciones en redes o saliendo a manifestarse. Todo eso es necesario. Pero también necesitamos conseguir que quienes gobiernan entiendan que proteger a los animales tiene un coste político cuando no se hace y una obligación cuando la ley lo establece. Y ahí entra nuestro voto. No voy a decirle a nadie a quién tiene que votar.
Cada persona tendrá que decidirlo según sus ideas y sus prioridades. Pero sí creo que un movimiento que reclama derechos para los animales debería mirar también qué hacen los partidos, qué proponen, qué votan y qué defienden cuando tienen responsabilidades de gobierno. Porque los animales no necesitan únicamente buenas palabras. Necesitan leyes, presupuestos, servicios públicos y voluntad política. Y sí, existe un partido, con muchss lagunas, que tiene como eje específico de su actividad política la defensa de los animales.
También es cierto que tiene sus limitaciones, sus dirigentes…, sus aciertos y sus muchos errores, como cualquier organización humana. Y no creo que tengamos que convertir el animalismo en una cuestión de adhesión incondicional a unas siglas. Hay personas que militan en partidos. Hay personas que no quieren militar en ninguno. Hay personas que tienen ideología y prefieren que las movilizaciones animalistas no estén identificadas con ninguna organización política. Todo eso es legítimo. Pero una cosa es que una movilización sea transversal y otra muy distinta pretender que las personas que participan en ella no tengan ideología.
Claro que tenemos ideología. Todos la tenemos. La manera en la que entendemos la relación con los animales, la economía, el medio ambiente, la caza, la tauromaquia, la ganadería, los servicios públicos o la igualdad forma parte de nuestra manera de entender el mundo. Y precisamente por eso tenemos que aprender a convivir con nuestras diferencias sin convertirlas permanentemente en una guerra interna. Porque mientras nosotros discutimos entre nosotros, los problemas siguen ahí. Y este domingo tenemos una oportunidad.
El día 4 habrá en Madrid un acto de defensa de los animales, con especial atención a los perros de caza. Y creo que puede ser algo más que una reivindicación concreta. Puede ser una oportunidad para encontrarnos. Para ponernos cara. Para conocernos.
Para recordar que detrás de las redes sociales, de las discusiones, de las siglas, de los grupos de WhatsApp y de nuestras diferencias hay personas que están dedicando tiempo de su vida a defender a otros seres que no pueden defenderse solos. Porque los animalistas estamos muchas veces muy solos. Y, además, estamos demasiado divididos. Por eso yo iría el día 4 no solamente para defender a los perros de caza. Iría para defender a todos los animales. Para reivindicar el animalismo. Y, sobre todo, para reivindicar algo que necesitamos muchísimo más: unidad en la defensa de los animales, aunque no pensemos exactamente igual en todo lo demás. Porque podemos discutir después. Pero mientras tanto, que los animales nos encuentren juntas y juntos.





