Por JGNavarro.
Tengo que hacer una confesión pública antes de que sea demasiado tarde. Si echan la vista atrás en este mismo espacio y leen los dos últimos artículos que he publicado —esos donde desgranaba con tono analítico el impacto de la Inteligencia Artificial a corto plazo en las TIC y el fenómeno de los desarrolladores del «copia y pega»—, les diré algo muy claro: ya no pienso exactamente igual. Y no pasa nada por admitirlo. El ritmo al que se está moviendo el boom de la IA no es que sea rápido; es que es directamente psicótico. Escribir sobre tecnología hoy en día es como intentar pintar un paisaje desde la ventanilla de un tren bala en plena marcha: para cuando has sacado el pincel, la montaña ya es un desierto y el desierto una ciudad futurista.
La velocidad de este tsunami nos ha reventado todos los esquemas mentales. Nos autoconvencemos de que somos capaces de predecir el comportamiento del mercado o el futuro de la programación a doce meses vista basándonos en la lógica tradicional de la informática. Pero la realidad es que las bases cambian cada martes por la tarde con el lanzamiento de un nuevo modelo, una nueva arquitectura o un giro inesperado en los despachos de Silicon Valley. Lo que hace quince días parecía una verdad inmutable sobre el futuro de los programadores junior, hoy se queda cojo ante herramientas dactilares que ya no solo sugieren código, sino que operan sistemas de forma autónoma mientras dormimos. Vivimos en un estado de obsolescencia mental permanente.
Esta aceleración salvaje nos está llevando a la mayor paradoja de la era digital: el colapso de la planificación. Las empresas diseñan estrategias tecnológicas a tres años vista y los profesionales se matriculan en formaciones que prometen ser el futuro, cuando la cruda realidad es que nadie, desde el becario que acaba de entrar hasta el mismísimo director general de OpenAI, tiene la más remota idea de dónde vamos a estar en el próximo cambio de estación. Nos movemos por pura inercia y por modas que duran lo que tarda en viralizarse un hilo en redes sociales. El sector TIC se ha convertido en una huida hacia adelante donde hemos sustituido la brújula y el mapa por el simple instinto de supervivencia inmediata.
Admitir que no sabemos adónde vamos no es una señal de derrota; es la única postura intelectualmente honesta que nos queda. Quien les venda hoy un mapa del futuro del desarrollo de software o les asegure saber cómo interactuaremos con las máquinas dentro de un año, les está vendiendo humo de colores para quedarse con su dinero. La única certeza que tenemos en este preciso instante es el vértigo. Nos toca aprender a convivir con la incómoda realidad de que lo que hoy consideramos una genialidad técnica, mañana será una reliquia tan entrañable y desfasada como esos Walkmans analógicos de los que nos reíamos el otro día. Abróchense los cinturones, porque en este viaje tecnológico no hay estaciones de destino; solo hay velocidad pura y una persistente niebla que no nos deja ver más allá de la próxima pantalla de carga.





