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Toros en las aulas: cuando el pasado entra por la puerta

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Por B. Rojas.
Hay decisiones políticas que explican mucho mejor que cualquier discurso hacia dónde quiere llevarnos un Gobierno. Y poner la tauromaquia en el aula es una de ellas.

El Consell valenciano, gobernado por PP y Vox, ha aprobado el decreto que regula los bous al carrer, una norma que entrará en vigor el 1 de enero de 2027 y que contempla la posibilidad de impulsar contenidos o asignaturas específicas relacionadas con estos festejos en los centros educativos. Y mientras tanto, seguimos hablando de resultados educativos que deberían avergonzarnos. Europa lleva años señalando nuestras debilidades en materias fundamentales. Los informes educativos, incluido PISA, no son precisamente un motivo para sacar pecho.

Tenemos problemas de comprensión lectora, matemáticas, ciencias, abandono escolar y desigualdad educativa. Problemas que deberían ocupar horas de debate parlamentario y toneladas de papel oficial. Pero parece que hay otras prioridades. No faltan aulas con carencias. No faltan centros que necesitan recursos. No faltan docentes reclamando mejores condiciones. No faltan estudiantes que necesitan apoyo. Lo que sí parece encontrar su hueco es la tauromaquia.

Esto sí es adoctrinamiento, dirán algunos cuando se trate de cualquier contenido que no les guste. Pues convendría aplicar el mismo criterio siempre. Introducir una determinada tradición cultural en el sistema educativo, otorgándole un espacio específico y presentándola ante niños y adolescentes como algo que merece ser aprendido y preservado, también es una decisión ideológica. La pregunta es sencilla: ¿qué necesita aprender un niño en la escuela? ¿Necesita comprender mejor un texto? ¿Resolver problemas matemáticos? ¿Conocer ciencia, cambio climático, biodiversidad, pensamiento crítico y tecnología? ¿Aprender a distinguir una información contrastada de una mentira? ¿O necesitamos garantizar que conozca los bous al carrer? Porque mientras algunos dirigentes políticos hablan continuamente de libertad, parece que confunden libertad con imponer sus preferencias culturales desde las instituciones. Y hay algo todavía más preocupante: el mensaje que transmitimos cuando somos capaces de encontrar financiación, promoción institucional y espacio educativo para determinados festejos mientras seguimos teniendo problemas estructurales en nuestro sistema educativo.

No es una cuestión de que a alguien le gusten o no los toros. Es una cuestión de prioridades. La escuela no debería ser el lugar donde los gobiernos intentan perpetuar aquello que consideran identitario. Debería ser el lugar donde nuestros hijos adquieren herramientas para pensar por sí mismos. Porque una sociedad avanzada no necesita enseñar a sus niños a repetir sus tradiciones. Necesita enseñarles a cuestionarlas, conocerlas y decidir libremente qué quiere conservar y qué quiere superar. Y aquí aparece la contradicción definitiva. Mientras Europa nos reclama mejorar nuestras competencias educativas, algunos dirigentes parecen empeñados en recuperar símbolos del pasado. Mientras necesitamos más ciencia, más pensamiento crítico y más educación ambiental, abrimos espacio para enseñar tauromaquia. Mientras se habla de innovación y futuro, algunos parecen mirar por el retrovisor.

No es progreso. Es nostalgia convertida en política educativa. Y si de verdad quieren hablar de libertad, empiecen por respetar la libertad de nuestros niños para aprender sin que ningún Gobierno decida por ellos qué tradiciones deben admirar. Porque educar no es adoctrinar. Educar es dar herramientas para pensar. Y una escuela que enseña a pensar es mucho más peligrosa para determinados poderes que una escuela que enseña a obedecer.

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