Por Java Torrente.
Hoy es el día. Por fin nos hemos despertado. Sí o sí. Estas cosas se oyen por la inminente aprobación por parte del Gobierno de un decreto ley (lo han llamado Decreto Maricarmen) que ponga fin a los desmanes de la especulación y devuelva el derecho a la vivienda a la gente. Cuando esto escribo, no se sabe que decreto será ese. Se sabe qué decreto quieren los sindicatos de inquilinas, qué decreto quiere Sumar, pero se ignora hasta qué punto será maleable el brazo del PSOE. Yo me barrunto que no va a haber acuerdo, que las medidas exigidas y urgentes, que son de veras las mínimas exigibles, van a ser demasiadas para los socialistas. Va a haber bronca, madre, va a haber bronca, como decía la Mandrágora. Y Sumar tendrá que amenazar con dejar caer el gobierno, y probablemente tendrá que dejar que caiga. Porque la tibieza del PSOE hace tiempo que es injustificable. Alguna razón tendrá el PSOE para no haber atajado el problema, algún interés tendrá. Basta saber si el interés es suficiente como para perder el poder o se plegarán a las exigencias de la calle. Un decreto tibio no solventará el problema. No se lo van a aceptar. Así están las cosas.
Desde las cuidades dormitorio de la transición y el felipismo hemos pasado a las ciudades tanatorio de la especulación salvaje. Sí, antes era “obtenga usted un piso más grande en una urbanización moderna en esta ciudad nueva por menos de lo que cuesta un piso en la vieja ciudad y viva entre árboles en este descampado que estamos habilitando para usted”. “Para qué quiere usted vivir en el centro de la vieja ciudad, donde no se puede aparcar, donde se asfixia con la contaminación y el ruido. Gane tranquilidad. Disfrute de una vida a 20 minutos de su antigua vivienda”. (O a dos horas de atasco, según se mire). Y así crecieron las ciudades dormitorio. En una segunda fase, llegó la fiebre de los adosados. Dos o tres minipisos en una casa, para cocinar y comer en el bajo, dormir en el primero y relajarse bajo el techo. Era la moda. Y vender cada pocos años, y comprar otro adosado más grande, con minipisos algo más grandes. Y duplicar la plusvalía. Vaciar las ciudades. No sabíamos qué era lo que se venía.
Se venían las ciudades tanatorio. Unas ciudades con precios imposibles. Unas ciudades para el turismo. Muertas, vacías de gente. Ciudades para la llegada de expats y nómadas digitales. Y turistas. Muchos turistas. Ciudades decorado, parques temáticos. Ya vendrán los trabajadores en los cercanías, o pasarán horas en los atascos, a servir a esta gran industria. Y los viejos, los de la renta antigua, acosados. Por subidas arbitrarias del alquiler, por compras de edificios enteros por empresas que solamente quieren que te vayas, o mejor: que te mueras. Ciudades tanatorio. Lo de Ayuso y sus buitres. Las Pacas, las Maricármenes, todas a la puta calle, o a una residencia (privada si es posible). ¿Qué es esa veleidad, ese capricho, de querer seguir viviendo en una misma vivienda toda la vida? Encima en un barrio bueno. ¡Qué desfachatez! De eso nada. A por ellas.
Y los jóvenes, que se olviden de prosperar. ¿Comprar una casa? ¡Ja!, ¿emanciparse? ¡Ja!, ¿pagar un alquiler que no se coma tus ingresos? ¡Ja! No, no, no, no. Vais a pagar la vida con todos vuestros ingresos, tanto pedir. Vais a pasar un casting para que yo os conceda el ser inquilinos de mi zulo, digo, de mi coqueto estudio. Vais a tragar con las clausulas que a mí me de la gana, y no esperéis renovar. Cuando toque renovar, os duplico la renta, ya decidís vosotros si pasáis o no por el aro. Dad gracias a que no se nos ocurra cobraros por venir a la inmobiliaria a preguntar.
Y las ciudades dormitorio también se convirtieron en ciudades tanatorio. Qué es eso de pensar que os ibais a librar. Y las pequeñas ciudades de provincia, también, y los pueblos grandes, también, y las provincias olvidadas, también. No vayáis a creeros que por estar fuera de Madrid o Barcelona estáis a salvo. Todo el país hipotecado o arrendado. Y los jóvenes esperando que la abuela se muera para heredar en propiedad su pisito. Ciudades tanatorio.
Yo vivo en una infravivienda de una aldea perdida de Galicia. Por un alquiler muy bajo. Me tengo que bañar a cubazos porque la ducha no funciona, no tengo calefacción y tengo que encender una vieja cocina de leña en invierno para no morir de frío. Es lo único que puedo pagarme. Tengo cualquier servicio a 25 kilómetros. Es el precio que tengo que pagar para no vivir en una ciudad tanatorio. Vivir en una aldea tanatorio.
Veremos qué decreto sale. Si es que sale. Me temo que, si sale, será tibio o tendiente a tibio, bienintencionado pero insuficiente. No será el decreto que el sindicato de inquilinas y Sumar quieren. Está en la balanza la continuidad del gobierno, veremos si se tienen los reaños de hacer valer el clamor de la calle, y la emergencia social que ya varias décadas lleva siendo la vivienda.
Eso o morir. “Si total no se iban a salvar”. Es el momento. Es el punto de inflexión. No se puede más. Sí o sí.





