El presidente del Real Madrid, Florentino Pérez Rodríguez, volvió a ser protagonista esta semana, pero no por un fichaje estelar o por un título europeo, sino una retahíla de improperios con tintes machistas y un despotismo digno de un antiguo virrey.
“Esa no sabe ni dónde está”, habría dicho sobre una periodista que osó cuestionar la política de fichajes. Y acto seguido, contra un exfutbolista: “¿Quién se cree que es? Si yo le hago y le deshago”. El tono, lejos del protocolo de un club centenario, encaja con la personalidad de un hombre que no tolera réplicas y que considera que su imperio económico le otorga licencia para menospreciar a quien se interponga en su camino.
Pero más allá del bochorno, la noticia es otra: ningún poder público, ni el Consejo Superior de Deportes, ni el Ayuntamiento de Madrid, ni el Gobierno de la Comunidad, ha emitido una sola palabra de leve reproche.
El imperio del señor Pérez
Para entender este silencio, basta seguir la pista del dinero. Florentino Pérez es propietario de ACS (Actividades de Construcción y Servicios), un conglomerado que factura más de 35.000 millones de euros anuales. Sus manos están en autopistas, aeropuertos, plantas de tratamiento de agua y megaproyectos de infraestructura en medio mundo. En España, es el principal contratista de obra pública. Y ahí está la clave.
Numerosos ayuntamientos, diputaciones y ministerios dependen de las concesiones y contratos millonarios que ACS firma con el Estado. Cuando un alcalde necesita una carretera, una depuradora o un hospital, suele tener que sentarse frente a un representante del universo Florentino. Y en ese escenario, alzar la voz contra el patriarca puede costar muy caro en futuros concursos públicos.
“Es una forma de poder feudal”, explica un exalto cargo de la administración que prefiere mantener el anonimato. “Aquí nadie quiere enfrentarse a Florentino porque saben que él no olvida. Un informe desfavorable sobre sus formas, un expediente disciplinario o una multa ejemplar por sus declaraciones machistas terminaría traduciéndose en menos inversión o en la pérdida de miles de puestos de trabajo indirectos. Esa es la espada de Damocles que él maneja a su antojo”.
Un presidente con patente de corso
Lo que resulta más escalofriante no es el exabrupto del magnate, sino la normalización de su comportamiento. En una entrevista posterior Florentino no se disculpa: dobla la apuesta y arremete con más fuerza contra quienes le critican. Sabe que ningún juez, ningún político y ningún inspector van a llamarle la atención.
“Florentino Pérez es el ejemplo perfecto de por qué este país no se atreve con la corrupción del poder privado”, escribe la analista política Carmen Torres en su blog. “Mientras haya una concesión de autopistas en el aire o un crédito blando del ICO para su grupo constructor, los gobernantes de turno callarán y aplaudirán cuando él grite, insulte o ningunee”.
El mensaje a la sociedad
En su nueva salida de tono, el presidente del Real Madrid –que se siente más virrey que directivo– ha dejado claro que el dinero no solo compra futbolistas, sino también silencios institucionales. Y mientras el club blanco presume de sus valores, su máximo mandatario exhibe la impunidad de quien sabe que su imperio es demasiado grande para que nadie se atreva a darle un tirón de orejas.
La pregunta no es si Florentino volverá a perder los papeles. La pregunta es cuándo la democracia española tendrá el valor de decirle que, por muchos contratos que tenga, el respeto y la educación no se compran. Mientras tanto, el oligarca seguirá soltando billetes en la barra del Bernabéu y dando lecciones de poder en cada reyerta de pasillo. Y nadie, ni un solo poder público, dirá esta boca es mía.





