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San Fermines y el silencio cómplice de TVE

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Asistimos cada mes de julio al mismo espectáculo. La televisión pública, RTVE, despliega un operativo digno de una retransmisión olímpica para cubrir los encierros de San Fermín. Decenas de reporteros, conexiones en directo a través de múltiples canales, presentadores ataviados con pañuelos rojos y blancos como si fueran turistas de alquiler, y largos debates sobre si el toro «ha corrido limpio» o si «se ha quedado corto el encierro».

Es la fiesta, nos dicen. Es tradición, nos repiten. Es cultura, nos insisten.

Pero ¿qué tradición es esa que se empeña en ocultar lo que realmente ocurre cuando las cámaras se apagan? Porque en todo ese despliegue mediático hay algo que nunca verá en la pantalla de la corporación pública: las protestas de miles de pamploneses que rechazan este maltrato animal, las peñas antitaurinas que existen en la propia ciudad, y cualquier atisbo de las fiestas que no sea la carrera matinal de los toros.

El toro que huye y muere

Puede que RTVE no lo diga, pero es necesario recordarlo: todos los animales que corren por la mañana no «corren»: huyen. Huyen despavoridos por un estrecho callejón de adoquines, resbalando, tropezando, sufriendo infartos por el estrés. Huyen porque su instinto les dice que están en peligro. Y lo están. Porque esa misma tarde, sin excepción, cada uno de esos toros será ejecutado en la plaza.

Más de 70 toros perderán la vida durante estos días festivos. 70 animales que no han pedido participar en esta supuesta celebración. 70 vidas que se convierten en espectáculo, en entretenimiento, en carne de estadística. Pero de eso RTVE no informa.

La tradición como excusa

El argumento cultural es el comodín favorito para justificar lo injustificable. Se nos dice que es una tradición centenaria, como si la antigüedad de una práctica le otorgara automáticamente legitimidad moral. Pero las tradiciones evolucionan, las sociedades maduran, y lo que antes se aceptaba sin cuestionar hoy se rechaza con razón.

En Pamplona hay una realidad incómoda que la televisión pública prefiere ignorar: existe un movimiento ciudadano cada vez más fuerte que dice basta. Hay peñas que no quieren toros. Hay familias que no llevan a sus hijos a ver cómo se tortura a un animal. Hay una conciencia social que la corporación pública se empeña en invisibilizar.

El deber de la televisión pública

RTVE no es una televisión cualquiera. Es un ente público, financiado con el dinero de todos los españoles. Y como tal, tiene la obligación de ofrecer una información veraz, plural y equilibrada. No puede convertirse en la correa de transmisión de una sola visión de las fiestas, aquella que convierte el maltrato animal en espectáculo televisivo.

Mientras los presentadores de la corporación se visten de mamarrachos y celebran la «emoción» del encierro, están participando activamente en la normalización de la violencia. Están diciendo a la audiencia que esto es divertido, que esto es cultura, que esto es aceptable. Y lo que es peor: están silenciando a quienes piensan diferente.

Si la televisión pública solo muestra una cara de la fiesta, no está informando: está haciendo propaganda. Y el precio de esa propaganda lo pagan, literalmente, los toros que mueren cada tarde.

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