El esperpento protagonizado por Hermann Tertsch evidencia cómo el bulo y la provocación sustituyen al análisis incluso en conflictos internacionales complejos

Mientras Oriente Próximo vuelve a situarse al borde del abismo, con amenazas cruzadas, negociaciones de última hora y un frágil alto el fuego en el horizonte, en España hay quien decide convertir un conflicto internacional en un espectáculo grotesco. No es una exageración. El eurodiputado de Vox Hermann Tertsch ha logrado colocar su nombre en medio de esta crisis no por aportar una lectura política, ni siquiera por posicionarse con cierta coherencia, sino por protagonizar una escena que resume bastante bien el nivel al que se mueve una parte de la extrema derecha. En plena escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán, con la comunidad internacional pendiente de si la situación derivaba en una guerra abierta, Tertsch publicó en redes sociales un mensaje haciéndose pasar por iraní. Sí, literalmente.
En ese texto afirmaba que él y su familia apoyaban plenamente la guerra y celebraban la determinación de Donald Trump de acabar con el régimen iraní. Todo ello acompañado de una supuesta voz interna del pueblo iraní que, según él, no teme las bombas sino la continuidad de su propio gobierno. La reacción fue inmediata. No tanto por el posicionamiento —que en la ultraderecha ya no sorprende— sino por el tono y el contenido del mensaje. La escena resultaba tan absurda que muchos usuarios empezaron a preguntarse si se trataba de un error, una broma de mal gusto o simplemente una muestra más de hasta qué punto se ha normalizado la desinformación como herramienta política. Porque eso es lo relevante aquí: no es una salida de tono aislada, es una forma de hacer política. El problema de fondo no es que un eurodiputado diga barbaridades en redes sociales. Eso, por desgracia, entra dentro de lo esperable en determinados perfiles. El problema es que esa manera de intervenir en el debate público —basada en la exageración, la invención y el desprecio por cualquier mínimo rigor— acaba contaminando incluso asuntos que deberían tratarse con una mínima seriedad. Y una posible guerra en Oriente Próximo no es precisamente un tema menor. Mientras tanto, en el terreno real, las cosas siguen su curso con una complejidad que poco tiene que ver con los mensajes simplistas de la ultraderecha.
Estados Unidos ha aceptado una tregua temporal con Irán, abriendo una ventana de dos semanas en la que se suspenden los ataques y se intenta rebajar la tensión. Teherán, por su parte, ha accedido a garantizar el tránsito en el estratégico estrecho de Ormuz, una arteria clave para el comercio energético mundial. Son movimientos frágiles, llenos de matices, donde cada palabra cuenta y cada gesto tiene consecuencias. Sin embargo, ese tipo de matices no encajan en el discurso de quienes necesitan convertir cualquier conflicto en un relato de buenos y malos sin zonas grises. La extrema derecha ha hecho de esa simplificación su principal herramienta. Y cuando la realidad no encaja, se inventa. Da igual si se trata de política nacional o de una crisis internacional: lo importante es generar impacto, ruido y, si es posible, indignación. El episodio de Tertsch no es una anécdota, es un síntoma. Refleja una forma de entender la política donde la verdad importa poco y la provocación lo es todo. Donde se puede hablar en nombre de un pueblo que ni conoces ni representas, sin asumir ninguna responsabilidad por lo que se dice. Y donde, además, se pretende marcar la agenda pública a base de ocurrencias que no resistirían el más mínimo contraste. Lo preocupante es que este tipo de discursos no se queda en las redes. Forma parte de una estrategia más amplia que busca erosionar el debate público, rebajar el nivel y convertir cualquier conversación en un intercambio de consignas vacías. Y en ese terreno, la extrema derecha se mueve con comodidad.
Frente a eso, conviene recordar algo básico: los conflictos internacionales no son un meme, ni una excusa para hacer ruido. Son situaciones complejas que afectan a millones de personas y que requieren análisis, información y responsabilidad. Justo lo contrario de lo que hemos visto estos días. Porque cuando el debate se llena de bulos, de personajes que juegan a ser lo que no son y de mensajes que rozan el esperpento, lo que se pierde no es solo el rigor. Lo que se pierde es la capacidad de entender el mundo en el que vivimos. Y eso, a largo plazo, tiene consecuencias mucho más serias que cualquier tuit.





