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Fin a 16 años de gobierno de Orbán en Hungría: la UE respira aliviada, pero las clases populares temen que nada cambie

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La noche del domingo, las calles de Budapest se llenaron de euforia. Tras 16 años de mandato, el primer ministro ultranacionalista Viktor Orbán concedió la derrota ante el opositor Péter Magyar, cuyo partido Tisza obtuvo una aplastante mayoría del 53,62% de los votos y 138 de los 199 escaños del parlamento . «El resultado es doloroso pero claro», admitió Orbán, confirmando el fin de una era.

Sin embargo, la celebración en los cuarteles generales de la Unión Europea tiene un matiz muy concreto. En Bruselas no se esconde la alegría por la derrota de un «dolor de cabeza» constante, pero la euforia no responde a un cambio de rumbo social en Hungría, sino a la eliminación de un obstáculo geopolítico.

El alivio europeo: Ucrania y los fondos

La principal preocupación de Bruselas en los últimos meses había sido el bloqueo sistemático de Orbán. Justo antes de los comicios, el mandatario húngaro vetó un préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania, reteniendo además más de 18.000 millones en fondos europeos destinados a Budapest por cuestiones de Estado de Derecho.

Con Magyar en el poder, se espera que estos bloqueos desaparezcan rápidamente. El nuevo primer ministro ya se ha comprometido a ser «un aliado fuerte de la UE y la OTAN», un giro de 180 grados respecto a la política prorrusa de su predecesor . El mercado ya ha reaccionado con optimismo: el florín húngaro se disparó a máximos de tres años ante la perspectiva de que los fondos europeos comiencen a fluir de nuevo.

Continuidad bajo otro nombre

Pero más allá de la fachada institucional, la realidad social en Hungría podría cambiar muy poco. Aunque Magyar se presenta como la alternativa «centrista y europeísta», la realidad es que hasta 2024 fue un fiel miembro del partido Fidesz de Orbán.

Su perfil sigue siendo ultraconservador, y durante la campaña evitó prometer cambios estructurales profundos para las clases trabajadoras húngaras. Los problemas que ahogan a la población —la sanidad pública colapsada, la inflación imparable y la falta de vivienda— no figuran en el primer plano de la nueva agenda política prioritaria, centrada casi exclusivamente en «drenar el pantano» de la corrupción de la élite saliente.

Para los analistas, la victoria de Magyar representa el triunfo del europeísmo frente al aislacionismo de Orbán, pero no necesariamente una victoria para la socialdemocracia. Hungría cambia de capitán, pero el barco podría seguir navegando en aguas conservadoras, aunque con Bruselas en el radar en lugar de Moscú.

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