Miles de aficionados convirtieron el campo del Español en un escenario de intolerancia durante el España-Egipto, coreando cánticos racistas contra la población musulmana y contra el presidente del Gobierno. Lo más grave no fue solo el contenido de los insultos, sino que el partido continuó como si nada ocurriera. Ni la FIFA, ni la RFEF, ni el seleccionador español hicieron el amago de detener el espectáculo mientras la grada escupía odio.
Las imágenes y los audios que circulan desde el estadio son demoledores. Un sector de la afición, identificado con grupos ultras de clara tendencia ultraderechista, aprovechó la cita para lanzar proclamas xenófobas contra los musulmanes, en un contexto agravado porque la propia selección española cuenta en sus filas con futbolistas de religión musulmana. La contradicción fue tan evidente como dolorosa.
Pese a la gravedad de los hechos, ni los organismos deportivos ni los responsables del banquillo mostraron la contundencia que la situación exigía. Mientras desde la Federación y el cuerpo técnico se limitaron a declarar después que “a los racistas hay que apartarlos del deporte”, durante los 90 minutos nadie movió un dedo. No hubo comunicación interna para suspender el encuentro, ni tan siquiera un gesto simbólico que indicara que el fútbol español no tolera que su casa se convierta en un altavoz del odio.

La pregunta que queda en el aire es clara: ¿quién está detrás de estos cánticos? La respuesta apunta a un núcleo ultra organizado que utilizó la convocatoria de la selección para visibilizar su discurso extremista. Que estos mismos aficionados corearan consignas contra el presidente del Gobierno refuerza la tesis de que no se trató de un hecho aislado, sino de una acción planificada desde sectores que mezclan fútbol, política y xenofobia.
Asociaciones como Héroes de Cavite, de clara tendencia ultra realizaron convocatorias previas al partido.
Lo ocurrido en el estadio del Español no fue un incidente menor. Fue un aviso de que el racismo se sienta en las gradas con total impunidad mientras quienes tienen el poder de pararlo miran hacia otro lado. Cancelar el partido en ese momento habría sido un mensaje claro. Dejarlo seguir fue un acto de complicidad.





