
Entrevistamos a Rafa Calleja, creador de «Lavapiés es una mierda», relato de un barrio a través de sus personajes y una defensa de los y las habitantes de los barrios populares.
Has escrito una novela que se llama “Lavapiés es una mierda”, que acabas de publicar en Olé Libros. Preséntanos la novela en unas frases:
“Lavapiés es una mierda” es mi primera novela, una novela coral, son cinco personajes principales y muchos secundarios que van apareciendo y desapareciendo con el mismo desorden que lo hacen las personas de Lavapiés. La acción sucede en los primeros años del siglo XXI, que es cuando el barrio de Lavapiés emerge del olvido en el centro de una ciudad turística que tampoco lo era tanto entonces. Es una novela sobre la madurez y el desencanto de gente que se cree las marcas que interesadamente se han asociado con este barrio y a las que otros han opuesto otras marcas con intereses igual de ajenos a la mayoría de los vecinos. Esto lleva pasando toda la vida en barrios como estos, que, desde el principio, son solamente eso, barrios. Pero aquellos que construyen esas marcas y esas contramarcas son la voz que es la que se acaba imponiendo.
¿Te refieres tal vez a la etiqueta de Lavapiés como el barrio más cool de Europa?
Sí, a esa etiqueta y a la otra contraetiqueta de barrio rebelde que es igual de interesada. Es más, sospecho que gentrifica y turistifica más la segunda que la primera. Es preciso decir, que el libro no es un ensayo sino una novela y que no ni soy ni periodista ni sociólogo ni historiador, solo soy un hostelero que lleva diecisiete años observando el barrio a pie de calle.
¿Y entonces nos muestras Lavapiés como un entorno que, como las ciudades literarias, se basta a sí mismo?
A día de hoy, podemos hablar de Lavapiés como podríamos hablar de cualquier barrio similar de cualquier otra metrópoli global; Gracia, Kreutzberg, Marais, Williamsburg… Aquí, la presencia de vecinos es ya anecdótica. Se han convertido de facto en polígonos industriales. Los “aborígenes“ son minoría, y su influencia en el barrio es más exótica que relevante.
¿Algo así como especímenes de zoo humano?
Te voy a contar una historia reciente. En un bar de los pocos bares clásicos que quedan (esto quiere decir sin camarero tatuado, sin trozos de bicicleta colgados por las paredes, ni indicaciones de donde están los baños en grafiti), llegó un grupo de turistas con un guía que les explicó que lo que veían era el típico bar español, donde los españoles se reúnen para tomar cañas y café en vaso, pasar el rato y conversar con los amigos. Los turistas, diligentemente, sin cruzar el umbral de la puerta ni hacer consumición alguna, fotografiaron con sus móviles a los parroquianos, se rieron y se fueron.
Muy ilustrativo de verdad. Pero tú haces mucho énfasis en la novela en la zozobra de la militancia política de izquierdas de los personajes, con un toque irónico, a veces ácido, sobre la influencia de esos movimientos en el barrio y en su vida, algo así como una vivencia política para adentro. ¿No es así?
Realmente dos de los personajes tienen este desencanto con las formas emergentes y las antiguas de hacer política. Es una parte imprescindible de la derrota y el desencanto que van desolado este principio de siglo; todo está perdido y nunca hubo ninguna posibilidad. La atracción de los cantos de sirena de la nueva política lleva al mismo desencanto y a una derrota mayor, inocentemente no atisbada, además con la confusión por las luces de colores o las fundas de ganchillo que se cosen a los bolardos.
Cuando yo llegué a la acampada de Sol, como trabajador de un medio de comunicación que se llamaba Diagonal, me dijeron que lo único que podía hacer era barrer la Puerta del Sol; todos los puestos de comunicación ya estaban cubiertos. Yo me puse a barrer con la candidez de pensar que era importante, sin querer ver que la gente como yo no importaba más allá que lo que importaban los extras en un film de Cecil B. DeMille. No éramos de la casta de los universitarios, la peor casta de todas, que ya se había repartido el bacalao. Nosotros estábamos para votar, hacer bulto y poco más. Vamos, lo mismo de siempre. Somos un montón de gente que no es que hayamos dejado de creer en la política, sino que la política ha dejado de creer en nosotros, si es que alguna vez creyó.
Hay mucho humor ácido en la novela. Te gusta proyectar una mirada canalla y mordaz sobre la realidad, ¿no es así?
En esta novela hay mucho dolor y mucha soledad. Lo cruel es que el dolor y la soledad de los demás nos parecen hasta graciosos en la intimidad de la lectura solitaria. Yo amo a todos mis personajes, aún sin tener motivos y sin tener ellos nada que ver conmigo.
¿Pero tienes con seguridad prototipos válidos para cada personaje? ¿Esas personas, en todo o en parte, existen, no, Rafa?
En realidad, no. He construido estos personajes como una mezcla de sensaciones, rumores, conocimientos, emociones que he ido encontrando en el barrio. Marisa, por ejemplo, es una amalgama de todas las camareras y todos los actores que he ido conociendo en Lavapiés en estos años.
Pues yo estoy paladeando su lectura con gusto. Me parece que dominas a la perfección el arte de dosificar la información e ir presentando los personajes a sorbos, lo que denota un control interesante del texto, y augura una gran carrera literaria futura, si es que alguien puede pensar que se puede tener una carrera literaria incluso modesta.
Os agradezco mucho la confianza y el tiempo empleado en este trabajo. Lo bueno de esta novela es que tiene verdad, como dicen de los buenos toreros. Yo no soy ni pretendo ser vocero de nada ni le debo nada a nadie, como tantos intelectuales orgánicos, así que puedo hacer lo que se me antoje, sin miedo.
El truco para dosificar y amalgamar los personajes ha sido utilizar el propio barrio como mortero, como otro personaje mas, a la manera del Manhattan de Woody Allen o John Dos Passos, salvando las distancias.
En Soy Madrid, te deseamos lo mejor a ti, Rafa y a “Lavapiés es una mierda”, que esperamos que nuestros lectores disfruten como nosotros lo estamos haciendo.





